domingo, 26 de marzo de 2017

UNA TRISTE HISTERIA QUE NO ES DE AMOR


UNA TRISTE HISTERIA QUE NO ES DE AMOR
Rafael Palacios

PLAY
Fue aquel día de muertos. Bailabas en el pequeño auditorio de tu escuela, coincidencia rara porque la compañía de danza a donde pertenecías lo eligió por la comodidad de ser céntrico, también gustado porque los pequeños artistas como tú o yo, hacíamos del lugar el punto de partida para la fiesta necesaria luego de cada exitosa función. Yo estaba lejos desde hacía años, yéndome a sobrevivir a la costa y en esos días regresando de casualidad, medio jodido luego de haber sido abandonado por mi amor etéreo.
            Como siempre, el tonto de tu novio no te dejaba ni a sol ni sombra. Se quejaba de todo y todo reclamaba; que si el frío en ese lugar, que si el estacionamiento en el centro siempre es imposible, que en la ciudad hay lugares mejores, que si esto que si lo otro. El beneficio para mí fue la escena de celos hecha por él, su numerito nos puso juntos esa noche, sin querer.
            Las casualidades tan inherentes en mí flotaban en el ambiente, listas para hacer su sorpresiva aparición si acaso fueran requeridas, aunque yo no lo quisiera. El foro se sentía con una fuerza densa invadiendo el ambiente. Habías escrito ahí tus más sonados triunfos en la danza y aprovechando mis vacaciones forzadas, me invitaste para estar cerca: porque “nuestro día”, siempre fue el dos de noviembre, por lo tanto, mi presencia era necesaria para que todo sucediera esa noche. Tus llamadas anteriores, hechas precisamente cuando supiste de mi rompimiento con mi amor etéreo, los encuentros casuales en México, Guadalajara y Morelia me hicieron pensar cosas por los dos. El compartir descalabros amorosos teniendo como confesionario los bares de esas ciudades y además acariciar nuestro sutil dolor, según yo, me ponían cada vez más cerca de ti. Aunque tus lágrimas, cada vez que un nuevo patán te jugaba una mala pasada me ponía fuera de posición, en el fondo la alegría se hacía presente porque entendía que ningún pelafustán dentro de muy poco dejarían de rondar tus jardines. Todas las situaciones de los meses anteriores, habían sembrado en mí un sinfín de dudas platónicas, de incógnitas descartianas que cada ocasión que sucedían me dejaban más apendejado. Tu siempre “involuntario” acercamiento, delante de personas gratas para ti, pero ingratas para mí; tu decisión de mandar al carajo a todos por estar conmigo me hacían sentir querido, pero al final del día sabiendo que todo aquello era simple vanidad. Sin embargo, ese día de muertos yo andaba medio molido. Creía que lo pasado con mi amor etéreo durante esa semana que fui por ti a los ensayos, resultaría una buena estocada para darle por fin en la madre al pasado. Sin más lo decidí y confiando en las casualidades me alisté para ir a verte bailar en aquel auditorio donde habías escrito tus más sonados triunfos en la danza.
            El público se acomodaba en los asientos y con la mejor cara de gente decente que pude poner, saludé a tus papás. Mientras, tres cervezas ingeridas previas al recital comenzaron a hacer estragos en la sangre. Para variar, llevaba mi cámara fotográfica. Perverso como soy, voyeur de clóset, temblaba con mis dedos en el disparador. Me imaginé cosas, pensaba que nada me saldría bien; hacia pruebas de luz y una vocecita extraña en mi mente no paraba de reprocharme que ese sitio había dejado de ser mi lugar, me cuestionaba el hecho de estar ahí. Todo, producto de mis clásicos ataques de ansiedad por esperar tanto para verte en escena.
            “Esta es tercera llamada, tercera, rogamos al público asistente ocupar sus localidades. Por respeto a los artistas, pedimos apagar sus teléfonos y radiolocalizadores. Está es tercera llamada… ¡Comenzamos!”
Cuando volví mis ojos arriba, al escenario, comenzaba la música. Diferentes figuras moviéndose a ritmos de percusiones prehispánicas en instrumentos indígenas me dejaron perplejo por la sincronía que mostraban entre las notas y los cuerpos en movimiento. Pero mi corazón latía sin freno porque no te descubría… ¡Apareciste! Cuando cambié mi mirada al escenario, hacia ti, mis ojos brillaban más de lo usual y tu corporeidad comenzó a arrancarme las entrañas del cerebro. De la nada danzabas cual Terpsícore de Mesoamérica, y yo en mi asiento, pretendiendo ser Apolo. Tomé mi cámara y enfoqué tus suaves e hipnotizantes movimientos, traté de no alterar el pulso para lograr imágenes perfectas.
            Seguiste bailando y conforme te acercabas a donde yo estaba, juré que te movías posando para mí, que estabas ahí porque seguías siendo mi musa y que ante todos presumías tu belleza exótica. A la distancia mis dedos eran tacto en tu piel, acariciaba tus hombros desde la fila F, te tocaba sin tenerte cerca; debido a ese trato sui generis que llevábamos respetando. Nadie vio nada, pues ellos nunca pertenecieron a nuestro mundo. Visiblemente nervioso, solo ante tus ojos, seguí enfocando y disparando hasta que el número 36 en mi cámara me dijo que el rollo tenía ya un buen rato de haberse agotado. ¡STOP!


REWIND
¡Apareciste! Cuando cambié mi mirada del escenario hacia ti, mis ojos brillaron más de lo usual y tu corporeidad comenzó a arrancarme las entrañas del cerebro. Tomé mi cámara emocionado, cuando te acercaste por donde yo estaba tu cuerpo se estremecía, siendo complicado guardar la compostura, pero de los latires de mi corazón ni te enteraste, seguiste bailando bajo el ritmo de los tambores prehispánicos y los instrumentos indígenas. Y entre tanta gente me dio pena pararme y seguirte para al menos captar una imagen tuya con ese maquillaje que te hacía ver como debió verse Coatlicue en sus días de diosa. Pero no lo logré, terminó el número y saliste, sin siquiera voltear para poder lograr una foto regular, pues nunca posaste para mi camára.

PLAY
Rompiendo todo protocolo, llegando el intermedio te acercaste a mí, con vestuario pero ya sin maquillaje. Me saludaste, te pedí me firmaras el programa, pero,  pendejo de mí extravié la pluma. Dijiste “voy atrás, con mis amigos, te busco al final.” Me quedé mudo, no alcancé a decir “no te vayas”, y me resigné a ver el resto de la función tratando de distinguirte en la penumbra porque ya no volviste a escena. Al final, me lo pensé mucho para acercarme a ti pues tu novio rondaba cerca y no te dejaba ni para ir al baño. Esperé el momento justo para pedirte una foto, tú yo. Tuvo que ser con tu cámara porque a la mía el rollo se le había agotado; irónicamente tu novio fungió de fotógrafo para ese momento póstumo. Yo, al sentir otra vez tu cuerpo cerca, me sudaron los dedos, frenéticos de tenerte ahí, pero no poder tocarte por tanta gente alrededor.
            Tu novio te tenía fastidiada y al mirar que me marchaba, viste en mí la solución a tu conflicto. “¿Ya te vas? ¿y cómo te vas a ir?”, “pues en micro, si le corro aún lo alcanzo, falta un rato para las diez.” Me miraste cómplice, te sonreíste y algo imaginaste. “Yo te llevo, al fin mis papás traen su carro.” Te miré extrañado, entendí la pista y por compromiso pregunté, “pero ¿y tu novio?” “Él me espera, no te apures.”
            Y no me apuré, subí a tu carro y tu sonrisa se hizo distinta por completo, fuera de todo ese gentío que te protegía y que siempre procuras, fuiste otra, fuiste tú. Tomaste la avenida que va por el puente para hacer el camino más corto, así que quise aprovechar. Metiste tercera y alcanzaste tres semáforos en verde. Platicamos tonterías y en un guiño raro que te pesqué, me atreví a posar mis dedos suavemente por tu cara, pero los retiré de inmediato apenado. Tú, sin quitar la vista del camino, extendiste tu mano para posarla sobre mi hombro, un semáforo en rojo te dio tiempo para seguir hasta mi oreja y el cabello. En tono cariñoso dijiste, “me gustabas más con el pelo largo”, en ese momento tuvimos que arrancar, te miré extrañado y eso bastó para confundirte. Quitaste la mano de prisa, acomodaste el retrovisor… Tú, tan tímida para esas cosas de la seducción, tan propia y correcta, siempre dueña del momento… sólo tomaste otro disco y lo cambiaste por el que estaba puesto. ¡STOP!


REWIND
Subí a tu carro y tu sonrisa cambió por completo. Se hizo distinta, fuera de todo ese gentío que te protege y que siempre procuras. Fuiste otra, aunque en el fondo la misma.  Tomaste la avenida que va por el puente para llegar más rápido a mi casa y sabiendo que ese viaje acabaría pronto quise aprovechar. Puse mis dedos sobre tu cara, proferiste un rictus de extrañeza, pero igual tú enredaste tus dedos en mi cabello y algo te detuvo. Me miraste con ademán de disculpa ante tan involuntario reflejo; para cuando reaccioné, estábamos en la puerta de  mi casa.

PLAY
Para variar, mi casa estaba vacía. Yo, correspondiendo a tu habitual cortesía, te invité a pasar con el pretexto de que algo nuevo había comprado (aunque no recuerdo qué). Accediste sin problemas y atravesaste la cochera para esperarme en la puerta de la casa. Me puse detrás de ti, te cubrí los ojos con mis manos porque según yo, quería sorprenderte. No rechazaste el jugo de niños y confiando en mí, avanzaste a ciegas. Pero por una de esas cosas que jamás podré explicar y sin darte tiempo a pensar, me arrastré intempestivamente hasta tus labios, sin saber lo que hacía, temeroso de que me rechazaras violenta. Toqué tu nariz, besé tus labios que en realidad sabían a miel y fue como entender, por fin, quién eras. No sólo no me rechazaste, sino que parecía que lo esperabas desde hacía tiempo. Tu cuerpo no se sentía, eras un estremecimiento en medio de la vía láctea que en ese momento se había posado en mi casa. Devorabas mis labios y mis dientes y mi lengua. Sin saber cómo, con una agilidad que te conocía en la danza, pero no en las artes de desvestir gente, me sacaste el cinturón sin siquiera desabrochar la hebilla. Te azoté contra la pared con una desesperación cinematográfica de quien hace mucho, o nunca, ha tenido en sus brazos a una mujer como tú. De la muchacha tierna y cohibida, de la muchacha siempre apenada por todo, de la bailarina de cristal no quedaba nada. En cambio eras ahora una femme fatale apasionada, como salida de una película de James Franco. Frenética, enredabas tus dedos en mi pelo y luchabas sin esfuerzo para aventurarnos adentro de la casa, apagando luces y derribando todo lo que se nos atravesara a nuestro lujurioso paso. Llegamos hasta el sillón de la sala, donde respondí con mis manos a todas tus preguntas. Te rodeé con mis brazos para asegurarme de tenerte y que no eras un sueño. Te palpaba toda, tú sólo respirabas agitada en mi oído. Pero todo se salió del guion cuando tus agiles dedos bajaron el cierre de mi pantalón; yo tuve que improvisar. Tus ojos me paralizaban, mi sudor se confundía con el tuyo, el aliento de ambos empeñaba nuestras miradas. Desabrochaste al igual tu pantalón y mis manos comenzaron a bajarlo, presurosas. Para ese punto, los dos dudamos si ese era el lugar al que queríamos llegar. ¡Ay wey, que buena estás! (eso no lo dije, solamente lo pensé.)
            Pero la alarma antiaérea sonó en tu cabeza. Te detuviste de repente. Recordaste que tenías un novio esperándote en un auditorio del centro, donde habías escrito tus más sonados triunfos en la danza y que debías volver por él. Dijiste, “no… yo no… no puedo… esto está mal; yo tengo novio y…” y que te estaba esperando y no sé cuántas tonterías más. Te pusiste de pie, te metiste literalmente los tenis a la fuerza, te subiste el pantalón, te disculpaste, me besaste en los labios con ternura y casi casi, huiste furtiva entre la noche. No sin antes decir mil excusas y el clásico, “mañana nos vemos”. No supe si mis desesperadas manos o si mis frases de galán de telenovela de TV Azteca, fueron lo que le dio en la madre a todo, o si en realidad habías dejado en la lumbre los frijoles. ¡STOP!


PLAY SIN REWIND
Por la mañana quise recuperar lo ocurrido, pero mi memoria no dio para mucho. Únicamente recordé que al llegar a mi casa, que estaba vacía para variar, te invité a pasar para enseñarte algo nuevo que había comprado. Te excusaste diciendo que otro día mejor, pues tu novio te esperaba donde habías escrito tus más sonados triunfos en la danza, o algo así. No te insistí, te despediste como siempre, para luego pendejamente agitar mi mano mientras te alejabas. Nunca volviste la mirada, como siempre. Sin embargo, por la mañana y al empezar a vestirme, noté que me hacía falta el cinturón que llevaba la noche anterior. Puse mi casa de cabeza, pero nunca lo encontré.
Un mes después, nos volvimos a ver en el mismo escenario donde antes. Nos saludamos chingón, como si nada, hasta te llevaba un regalo, recuerdo de mi regreso anticipado a la costa. Como si no dijeras algo delator, tuve por seguro que aquel delicioso encuentro, del cual quedé marcado por el resto de mis días, había sido otra de mis operantes fantasías que acostumbro cuando estoy contigo. Cuando acabó la función, te alcancé en la entrada, no vi a tu novio cerca y te pedí aventón porque pasaban de las diez y seguro ya no había micros. Tu rostro sonrió por un instante, misterioso, tu mirada se perturbó, te sonrojaste… ¡No! No era así. Empezaba a soñar de nuevo, me bajé de la nubecita y te pregunté otra vez. Estabas como en otro mundo y al reaccionar dijiste con voz seca, “no puedo, vienen mis papás y no traigo coche… mejor luego te llamo.”

CRÉDITOS
Tiempo después, ni siquiera recordaba ya a mi amor etéreo. Años han pasado. Sigues con tu novio y pronto te casarás. Tú y yo nos seguimos viendo, misma frecuencia, mismas locuras, nunca dije nada, más tú tampoco. Ni te pregunté por qué la noche de tu presentación de diciembre, llevabas un cinturón muy parecido al mío, perdido desde aquella extraña noche de la reyerta de “fantasía”. Sigo sin saber, no creo en nada y lo puedo creer todo, pero no sé hasta dónde lo inventé o hasta dónde esta historia terminó, justo como yo no quería.

… 

*Texto publicado en El Sol del Bajío, Celaya, Gto.  

domingo, 19 de marzo de 2017

LOS DOMINIOS DEL PRÍNCIPE PARADOJA (2a Parte)


LOS DOMINIOS DEL PRÍNCIPE PARADOJA
(Dioses griegos y aforismos en El retrato de Dorian Gray de Óscar Wilde)
Ensayo. Segunda Parte
Benjamín Pacheco

Otros investigadores, en contraste, han analizado la dualidad hombre-mujer con la que Wilde aparentemente fue educado. Tal es el caso de Havelock Ellis, quien en su ensayo “A note on Oscar Wild”, destaca dicha parte femenina y su impacto en su sensibilidad artística. Para ella, el autor de La importancia de llamarse Ernesto era “un artista femenino en el cuerpo de un hombre” 17  y, aparentemente, su madre tuvo mucho que ver en ello:

            Su madre había anhelado por una niña antes del nacimiento de Wilde. La respuesta a su plegaria fue esta extraña mezcla de genio sin dirigir, equivocada femineidad, fascinación y tragedia. Él era tanto mujer como hombre, un exquisito más que un genio, un Bello Brummel de la decadencia. 18

            Ellis considera que el potencial de Wilde era mayor de la que estimaban sus contemporáneos, pues debajo de su “vanidad, egoísmo, su trivialidad y falta de perspectiva espiritual, era un apasionado amante de la belleza, el artista en delicados tonos y monótonos” 19.  Desde esta perspectiva, la ensayista apunta que el escritor irlandés tenía una personalidad triple (sic.) pues “había en él un hombre valiente que enfrentó su destino y se rehusó a calumniar a sus acusadores. También estaba la irresponsable y encantadora mujer que podía escribirle a sus amigos, a pocos días de haber dejado la prisión, para decirles donde comprar las mejores botas”. 20 
            Otros autores han destacado más la aportación como dramaturgo de Wilde, que no pasó desapercibida y se le considera dentro de lo mejor de su tiempo y como un posible vínculo con lo que habría de representarse en el siglo XX. En base a los datos históricos citados, queda claro que era un ambiente propicio para la creación, mismo que Wilde no desaprovechó. Esto lo refiere Vicente Forés López, de la Universidad de Valencia, quien destaca el desarrollo literario y teatral en el siglo XIX, donde el escritor irlandés tuvo muy buena recepción entre otras personalidades que marcaron la época:

            El Siglo XIX estuvo eclipsado por la literatura victoriana. Hasta éste momento se daba el Romanticismo donde en el que se representaban acciones y pasiones ficticias. Pero el periodo victoriano está muy marcado por Ibsen (sus obras al principio no fueron bien recibidas) y por las adaptaciones de la obra Cuento de Navidad de Charles Dickens. En teatro, hasta las últimas décadas del siglo no hay un verdadero resurgimiento y viene dado por un autor muy importante, Óscar Wilde. 21


            Forés López señala que a diferencia del periodo anterior, los dramaturgos optaron por usar “una técnica más próxima a la vida real” 22,  donde se instaura el drama en tres actos con “incidentes posibles y melodramáticos rodeadas de un final comprensivo y feliz” 23,  además de otras innovaciones como el hecho de que los actores adquieren un control sobre los ensayos y se pasa la responsabilidad de la realización dramática a los directores. 24  Wilde, en su faceta de dramaturgo, aparece en el último decenio del siglo citado. Conforme al investigador español, el dramaturgo “da un original cambio al estilo con el que se cierra el siglo anterior” 25  y sirve de conexión con el Siglo XX:

            Influido por J. Ruskin y W. Pater, (Wilde) idealizó la belleza y se convirtió en el apóstol del esteticismo. Todos los grandes hombres de su tiempo reconocieron el formidable atractivo de su personalidad, su ingenio y la agilidad de palabra. Wilde sobresale en el drama en los que en encontramos facilidad de expresión, fluidez del diálogo y derroche de ingenio verbal. Escribe sobre tres vertientes dramáticas: drama bíblico de ambiente poético, comedia de salón de tendencia sentimental y comedia de salón de carácter paradójico y chispeante. 26

            Así, Wilde fue reconocido como “un gran dramaturgo que con su cambio de estilo terminó un siglo y entró en otro, dando paso también a otra nueva literatura”. 27
            También se ha acentuado la influencia que tuvo el escritor de escuelas filosóficas griegas como la de Epicuro (342-270 a.C.). El investigador William Terpening considera que dicho pensador clásico influyó en aquellos que se consideraban “Estetas y Decadentes, particularmente Walter Pater y su ocasional discípulo Óscar Wilde”.28  Las creencias que tenía Epicuro sobre el arte, el alma y la educación, refiere Terpening, han sobrevivido en algunas cartas y colección de máximas, mismas que fueron adaptadas en el Siglo XIX por parte de Pater en obras como Marius the Epicurean y Appreciations, así como El retrato de Dorian Gray. El punto central gira alrededor del placer y el gusto:

            Epicuro encontró que el placer era el más grande bien, al tiempo que rechazaba el dolor por ser un mal. Esto, contrario a la apropiación contemporánea del término “epicureano” que refiere a una persona dada a la indulgencia en los placeres hedonistas. Epicuro aboga por lo que los victorianos podrían pensar de un refinamiento del “gusto”. El pensaba que [alguien] no escoge incondicionalmente una larga cantidad de comida sino el más placentero alimento, pues no busca saborear durante la mayor cantidad de tiempo sino por lo más placentero” […] el gran pecado de Dorian Gray no es rendirse a las cosas más bellas, por el contrario, estos objetos mantienen el placer. El bien supremo, pero dependiente, de estos objetos es mantener el interés por la vida. 29


            Se reitera que el análisis acerca de la obra y vida de Wilde es vasto, por lo que sirva lo anterior como un breve estado de la cuestión, pues aunque resulta tentador –debido al amplio y riguroso trabajo que han realizado algunos investigadores –referirlo con detalle rebasaría el objetivo del presente trabajo.

La creación de una obra y su trama correspondiente
De manera general, El retrato de Dorian Gray es una novela que consta de un prefacio y veinte capítulos. La forma en que está escrita es por medio de un narrador omnisciente libre, es decir, además de referir los pensamientos y acciones de todos los personajes, de vez en cuando deja sentir su propia opinión, situación que en ocasiones puede crear la sensación de no saber de quien provienen los juicios emitidos. En el capítulo XI resulta especialmente notoria está condición, pues el narrador comienza contando los primeros años de aventura de Gray, pero después pasa a reflexiones que se enuncian en plural como “Hay pocos entre nosotros que no se hayan despertado algunas veces antes del alba…”, 30  además de tomar digresiones de carácter histórico o largos listados de telas y joyas. En sí, se puede establecer que la historia está focalizada –utilizando la terminología del teórico francés Gérard Genette citada por Luz Aurora Pimentel 31  –básicamente en tres personajes: Lord Henry Wotton, el pintor Basilio Hallward y el bello Dorian Gray, quienes sostendrán una relación durante dieciocho años aproximadamente desde la creación del retrato hasta la muerte de Hallward, a manos de Gray, y éste último al intentar acabar con el cuadro que absorbe todos sus excesos mundanos. En el transcurso, el lector aprecia otros personajes secundarios cuya función será reflejar el excéntrico mundo aristocrático o la sórdida y obscura atmósfera de los bajos fondos y muelles de la ciudad de Londres. La investigadora Montserrat Alfau, en un prólogo de la novela citada por parte de la editorial Porrúa, refiere parte de la recepción crítica que tuvo la historia, así como la inspiración de Wilde para la misma:

            Su aparición atrajo una avalancha de crítica adversa, y la prensa británica condenó casi unánimemente esta novela. Hesketh Pearson nos dice en su Life of Oscar Wilde: “En el año de 1884, Wilde solía visitar el estudio de un pintor amigo, Basil Ward, que contaba entre sus modelos a un joven de belleza excepcional… Cuando el cuadro quedó concluido, y el muchacho se había marchado, Wilde exclamó: ‘¡Qué lástima que una criatura de hermosura tan extraordinaria llegue a envejecer!’. El artista asintió, añadiendo: ‘Sería maravilloso si él permaneciese exactamente como está ahora, y fuese el retrato el que envejeciera y se marchitase’.” Más tarde Wilde testimonió su gratitud al pintor por haberle inspirado, haciéndole aparecer en su novela, bajo el nombre de Basilio Hallward. 

            El prólogo también es de importancia, pues resulta “una especie de vademécum para introducir al lector, con sus paradójicos apotegmas sobre estética, moral, crítica literaria y artística, a la discusión sobre esos tópicos confrontados a través de toda la novela”. 33 Siguiendo el análisis de Alfau, se pueden resumir que la historia comienza con la coincidencia entre los personajes citados, en un estado en el que Gray tiene “la conciencia aún pura” con una “juventud y belleza (que) no habían sido todavía aún disociadas de su alma por el mal”, al tiempo que es alentado por “las teorías desconcertantes y devastadoras de Lord Henry Wotton”. Al tiempo, Basilio Hallward adora sinceramente a Gray y revela: “su personalidad me ha sugerido una manera de arte y un modo de estilo enteramente nuevos”, 34  pues el joven sirve de modelo para el pintor y lo inspira como ningún otro lo había logrado. Así se formará una especie de triángulo de amistad con ideologías opuestas en las que Gray cederá finalmente por imitar el estilo de vida de Wotton, quien busca conocerlo todo:

            (Lord Henry Wotton) ¡Ah! Dése cuenta de su juventud mientras la tiene. No derroche el oro de sus días escuchando a los tediosos que intentan detener el desesperado fracaso, y defienda su vida del ignorante, del adocenado, del vulgar […] ¡Viva, viva la maravillosa vida que tiene en sí! No pierda nada de ella. Busque siempre nuevas sensaciones. Que no le asuste nada… Un nuevo hedonismo: esto es lo que quiere nuestro siglo […] Todos nos convertimos en horrorosos polichinelas alucinados por el recuerdo de las pasiones que nos atemorizaron y de las exquisitas tentaciones a las que no tuvimos el valor de ceder. ¡Juventud! ¡Juventud! ¡No hay absolutamente nada en el mundo sino la juventud! 35

            En esta etapa, el joven se dará cuenta que el cuadro es capaz de absorber y reflejar sus excesos, mientras él se mantiene sin cambio físico alguno. Esto se debe al deseo que manifestó el día en que conoció el resultado final de la pintura de Hallward; además, ese mismo día, también escuchó la perorata de Lord Henry Wotton sobre la juventud. Dorian, aturdido por el discurso del despreocupado aristócrata y aterrado ante el envejecimiento, pide que el cuadro sea el que cambie y él mantenga su belleza:

            ¡Qué triste! Me volveré viejo, horrible, espantoso. Pero ese retrato permanecerá siempre joven. No será más viejo que en este día de junio… ¡Si ocurriera el contrario, si fuera yo siempre joven, y si este retrato envejeciese! ¡Por eso, por eso lo daría todo! ¡Sí, no hay nada en el mundo que no diera yo! ¡Por ello daría hasta mi alma! 36

            A este párrafo, y en el sentido general de la obra, es la razón en la que algunos estudiosos han visto el mito fáustico, es decir, el intercambio –o venta –del alma por un favor al diablo. Esto generalmente es algo fuera del alcance del solicitante. Lo anterior en referencia a la obra Fausto, de Goethe, drama en dos partes (1808-1832), en donde un personaje del mismo nombre vende su alma al demonio Mefistófeles a cambio de los placeres terrenales. Aunque no se expresa directamente un intercambio similar en el texto, se interpreta que esa es la intención. Esto se remarca cuando Hallward decide destruir el cuadro con una espátula al ver el estado en que pone a su joven modelo, pero este decide conservar la pieza. Así, al salvar el retrato, identificarse con el mismo y permitir que exista, se puede decir que realiza el intercambio que le traerá dramáticos resultados:

            Con un sollozo ahogado, el joven saltó del diván y, precipitándose hacia Hallward, le quitó el cuchillo de la mano y lo arrojó al fondo del estudio.
-¡No, Basilio, no! –exclamó –. ¡Sería un crimen!
-Me encanta verle apreciar, por fin, mi obra, Dorian –dijo el pintor fríamente, dominando su sorpresa –Nunca hubiera esperado eso de usted.
-¿Apreciarla? La adoro, Basilio. Siento que es algo de mí mismo. 37 

            Aunque claro, otros analistas como Bárbara T. Gates, profesora de Inglés de la Universidad de Delaware, rechazan esta interpretación. Para ella, en su ensayo “Oscar Wilde´s Picture of Dorian Gray”, la historia está más ligada a la fantasía porque “no es una historia fáustica de un héroe dando su vida por el conocimiento, sino un cuento de hadas oscuro en el que un niño malcriado obtiene su deseo –juventud eterna y sensualidad –y se vuelve un suicida porque no puede manejar las implicaciones”.  38
            Continuando con la historia, una vez que el lienzo está en poder de Dorian, será motivo de distintas reflexiones: el joven percibe que el semblante de la pintura ahora tiene “un toque de crueldad en la boca” 39  tras el rompimiento y posterior muerte de la actriz Sibila Vane. Esta parte será importante porque reforzará su actitud hacia el retrato y el hecho de que envejecerá en lugar de él:

            Sintió que había llegado realmente el momento de hacer su elección. ¿O su elección estaba ya hecha? Sí; la vida había decidido por él –la vida y la infinita curiosidad que él sentía por ella –. Eterna juventud, la pasión infinita, placeres sutiles y secretos, alegrías ardientes y pecados más ardientes aún…, iba a poseer todas estas cosas. El retrato asumiría el peso de su vergüenza: esto era todo.



(CONTINUARÁ)

17 Havelock Ellis, “A note on Oscar Wilde”, The Lotus Magazine, Vol. 9, No. 4 (Jan., 1918), pp. 191, http://www.jstor.org/stable/20543995 [Consultado el 27 de mayo]  (La traducción es mía).
18 Ibíd.
19 Ibíd.
20 Ibíd.
21 Vicente Forés López, “Época Victoriana: Robertson hasta Wilde”, http://mural.uv.es/mamovi3/wilde [Consultado el 27 de mayo de 2012].
22 Ibíd.
23 Ibíd.
24 Ibíd.
25 Ibíd.
26 Ibíd.
27 Ibíd.
28 William Terpening, “British and European Aesthetes, Decadents and Symbolists”, The Victorian Web, http://www.victorianweb.org/decadence/epicurus.html#sense [Consultado el 28 de mayo de 2012] (La traducción es mía).
29 William Terpening, Op. Cit., [Consultado el 28 de mayo de 2012] (La traducción es mía).
30 Óscar Wilde, El retrato de Dorian Gray, Salvat Editores, España, 1970, p. 124.
31 Gérard Genette citado por Luz Aurora Pimentel en El relato en perspectiva. Estudio de teoría narrativa, Siglo XXI Editores, México, 2010, p. 98.
32 Montserrat Alfau, Traducción, prólogo y notas de Óscar Wilde, Porrúa, México, 1979, p. XI.
33 Montserrat Alfau, Op. Cit., p.XIV.
34 Óscar Wilde, Op. Cit., p. 20.
35 Óscar Wilde, Op. Cit., p. 31.
36 Óscar Wilde, Op. Cit., p. 34.
37 Óscar Wilde, Op. Cit., p. 35.
38 Bárbara T. Gates, “Oscar Wilde´s Picture of Dorian Gray”, The Victorian Web, http://www.victorianweb.org/books/suicide/06g.html [Consultado el 28 de mayo] (La traducción es mía).
39 Óscar Wilde, Op. Cit., p. 90.
40 Óscar Wilde, Op. Cit., p. 103.

*Texto publicado en El Sol del Bajío, Celaya, Gto.

domingo, 12 de marzo de 2017

APARICIONES


APARICIONES

“Fingí ante mí, y ante ella sin duda, ante ella, fuera quien fuese, mujer o espectro. Me di cuenta de todo aquello más tarde, porque les aseguro que, en el instante de la aparición, no pensé en nada. Tenía miedo.”
Guy de Maupassant, Aparición



ENTRE DIOS Y EL DIABLO
Javier Mendoza

Desde un tiempo atrás, la quietud de las noches era desgarrada por gruñidos y alaridos que hacían estremecer a todo el convento.  Parecía que en la oscuridad una bestia herida agonizaba.  Lo que en realidad ocurría era la eterna lucha entre Dios y el Diablo.

Por su deseo de servicio y entrega, Benjamín se convirtió en el nuevo habitante del monasterio.  Era un joven de fe y valores, recién integrado a la vida sacerdotal.  El hábito que portaba era pesado y su calzado muy ligero.  Su hogar era un convento enorme y antiguo, como sacado del medievo.  En él, la comida era poca y el silencio mucho.  Era fácil escuchar hasta los suspiros. 
Durante lo interminable de las madrugadas, como si sólo fueran murmullos muy lejanos, se lograban percibir gritos, ruidos y voces graves e incomprensibles que se perdían entre los infinitos pasillos que parecían no llevar a ningún lado.  Al descifrar los distantes quejidos, Benjamín creía escuchar su nombre. 
Cierta ocasión, pese a rezos y una aparente indiferencia, el novicio no fue capaz de vencer a la curiosidad.  Como un sonámbulo vagó entre patios y claustros, persiguiendo el llamado en el viento.  Luego de algunos segundos, la voz que entraba a sus oídos guardó silencio.  El joven había llegado adonde nunca antes: un angosto y largo corredor, con sólo una puerta en el fondo.  Con cierta cautela el sendero fue recorrido con la vista fija al frente.  Sin detenerse a razonar su acto intentó abrir la pesada hoja de hierro y madera, pero antes de lograrlo, la mano decidida de un monje mayor, que con sigilo lo había seguido, sujetó la del muchacho, para advertirle sin soltarlo: “¡Jamás abras esa puerta!  ¡Ahí se lleva a cabo una lucha a muerte!  ¡Si cruzas el umbral correrás un grave peligro!”
Se decía que en aquella celda se encontraba recluida una mujer invadida por fuerzas malignas.  La batalla entre Dios y el Diablo en el interior de la desafortunada por quedarse con su alma era encarnizada.  En consecuencia, ella se retorcía de dolor. 
Entre frailes y feligreses se comentaba que, debido a los perversos espíritus que se anidaban en ella, la imagen de la endiablada era en verdad abominable.  Según los rumores, tenía un par de cuernos, pezuñas de cabra en lugar de pies, garras en las manos y una cara aterradora.  Su hablar era poco.  Cuando lo hacía intercalaba ofensas y blasfemias en diferentes tonos y lenguajes.  La mayor parte del tiempo su voz era silencio o alaridos.
Sin poder ser sordo al extraño requerimiento que llegaba a sus oídos, en la primera oportunidad Benjamín volvió al lugar prohibido, cerciorándose de no ser visto.  Con el corazón al límite abrió la puerta.  En el interior había poca luz y desolación.  Temeroso avanzó un par de pasos, hasta encontrar incrustada en un muro, sujeta con cadenas de pies y manos, a la posesa de la que tanto se hablaba, mas no era el monstruo que se describía en los comentarios.  Lo que en la penumbra descubrió fue una mujer rubia y delgada, que sólo vestía un camisón.  Su pelo era lacio y muy largo; el rostro, ojeroso y apesadumbrado.                  
Sin desviar la vista que tenía puesta en el muchacho, con la respiración acelerada y desesperados movimientos que intentaban liberar sus extremidades, la reclusa se dirigió a él con melosidad, astucia y seducción.  Una vez logrado el interés de Benjamín, con reservas y medias verdades conversó con él largo rato.  En todo momento el sacerdote tuvo la sensación de hablar con más de dos personas a la vez, mismas que conocían hasta los más íntimos secretos que guardaba su alma.  Al quedar expuesto ante lo que sólo parecía ser una personalidad extraordinaria, el joven perdió cualquier miedo.  No pudo ver que con su valor y descuido tentó el poder del peor de los demonios.  Ignoraba que no hay nadie que se resista a él.
Antes de que Benjamín se retirara, la prisionera del mal se le acercó lo más posible. Conseguida una posición de confidencia, con una voz que no era de ella, nacida muy adentro de su cuerpo, suplicó: “¡Desátame y volaremos juntos en un cielo propio!”
Haciendo de aquello una verdadera devoción, con la mayor frecuencia posible y siempre a escondidas, el confundido siervo del Señor visitaba la celda del fondo, donde los quejidos y jadeos, en ocasiones de dolor y en otras de placer, no cesaban.  Una vez alcanzado el éxtasis llegaba la calma.  Entonces la endiablada reiteraba su única petición: “¡Desátame!”  Acto seguido, un juramento de amor eterno para él era condicionado a la liberación.  Si se lograba ésta, sin importar el bien o el mal, en pareja encontrarían el paraíso prohibido.
Totalmente poseído por el embrujo de aquella mujer, Benjamín se encontraba perdido entre la vida clerical y los placeres mundanos y hasta perniciosos que al lado de ella descubría.  La cura sólo podría ser un exorcismo de amor o fugarse con el angelical demonio que noche a noche lo seducía, aunque con ello marcara como su destino final al mismísimo Infierno.
Armado con los medios necesarios, decidido al escándalo y la condena, una madrugada el buen hombre zafó las cadenas que sujetaban a la cautiva, dispuesto a volar a su lado.  Pero tan pronto se vio libre, la ingrata corrió y corrió, sin ni siquiera voltear para ver cómo el corazón de Benjamín se destrozaba ante la desilusión y el engaño.  Sin una palabra de agradecimiento, mucho menos que cumpliera su falso juramento de amor, la presa liberada corrió y corrió, hasta tomar la forma de un extraño animal que con facilidad saltó muros y montañas.

En el monasterio no se volvió a saber de ella, sin embargo los lamentos no cesaron en la celda del fondo.  Algunos dicen que ahí adentro un hombre agoniza sin lograr la muerte; otros aseguran que el desafortunado tiene el mal en su interior.  Lo cierto es que, atado a los recuerdos, poseído por el dolor, lo que queda de un joven de fe es consumido por aquello que encontró entre Dios y el Diablo: el amor… el peor de los demonios.  Ahora sabe que no hay quien se resista a él.                                               



REENCUENTRO
Patricia Ruiz Hernández

Se celebraba la reunión de un grupo de ex alumnos, egresados veinticinco años atrás de la carrera de arquitectura. Con esta convivencia esperaban renovar su amistad, ya que las ocupaciones los llevaron por senderos distintos. El lugar de reunión era la casa de Flora, la servicial anfitriona que procuraba las bebidas y los bocadillos a sus antiguos condiscípulos. Todos disfrutaban del reencuentro entre abrazos y risas. Comenzó la amena charla. Intercambiaron detalles de sus vidas. La conversación giró en torno a las típicas preguntas.
—¿Mateo, qué te has hecho?, después de salir de la universidad te perdí la pista. Cuéntanos —preguntó Victoria.
—Fui a trabajar al extranjero. Me ha ido muy bien, aunque no ejerzo la arquitectura. Me dediqué al negocio que dejó mi padre —contestó Mateo.
—Es bueno tener un negocio familiar. Creo que nunca te gustó la carrera, sólo obtuviste el título por complacer a tu padre, ¿me equivoco? —dijo Victoria,  con un exceso de franqueza que en el pasado le ocasionó algunos roces con sus compañeros. 
—Efectivamente  —contestó Mateo, sin entrar en detalles.
—Mercedes, alguien me dijo que ya eres abuela. Felicidades. ¿Cuántos de ustedes  son abuelos? —preguntó Gabriela con curiosidad.
Levantaron la mano los que estaban en la feliz situación de malcriar a sus nietos.
—Yo me divorcié dos veces, así que ya me vacuné contra el matrimonio. Actualmente vivo la vida a mi gusto, saboreando la libertad —expresó Daniel, quien había sido el chico más popular de su generación.
—Como se habrán dado cuenta, faltaron Luis y Sofía, los eternos novios, que finalmente se casaron al salir de la universidad. Avisaron que no podrían asistir por un compromiso familiar —dijo Flora.
—¿Se imaginaban hace veinticinco años que nuestras vidas iban a ser lo que ahora son?  —expresó Gabriela—, por lo menos yo no, la existencia está llena de sorpresas.
—Haciendo un balance, la vida nos ha tratado bien, no obstante lo agridulce que es —añadió Mercedes. 
—Se ve que te va excelente, Mercedes. Te diste una retocada, ni aparentas tu edad —expresó Victoria, quien por naturaleza era indiscreta.
Continuaron recordando las anécdotas chuscas de su época estudiantil. Con gran deleite compartieron las boberías que los hicieron tan felices, cuando cualquier simpleza era motivo de celebración.
—Joel, ¿te acuerdas cuando el profesor, aquel que no recuerdo su nombre, al que le decíamos el mago de los sueños,  te sorprendió dormido en su clase?, ¡qué regañiza te puso! —dijo Daniel.
—Joel, eras el más tímido y ahora todo un empresario  —señaló Flora.
Daniel divirtió a los presentes con la parodia de sus antiguos profesores, pues desde joven se le facilitaba la imitación. Hizo gala de esas dotes, convirtiendo la reunión en un show. Con lo que se ganó los aplausos de sus amigos.  Después, continuaron charlando.
—Yo recuerdo que, en una ocasión, llegó Mercedes a las siete de la mañana al salón de clase, desvelada por la fiesta de una noche anterior, traía en el cabello un tubo que olvidó quitarse —contó muy divertida Victoria.
—Cómo olvidar cuando alguien quemó las cortinas del salón con un cigarrillo y casi nos suspenden por negarnos a decir quién fue. Al final las tuvimos que pagar entre todos —recordó Mateo.
—Éramos muy unidos, ¡qué buenos tiempos! —añadió Mercedes.
—¿Cómo se llamaba aquella compañera? La que nadie soportaba porque en los exámenes agobiaba al que tenía cerca —preguntó Joel.
—Se llamaba Claudia. Todos rehuíamos sentarnos junto a ella. Recuerdo que nos  picaba las costillas con el lápiz para exigir las respuestas que no sabía —contestó Flora.
—¿Flora, conservarás algunas fotografías de aquella época? Nos gustaría verlas —pidió Victoria.
—Creo que tengo algunas de la graduación.
Flora se levantó de su asiento para buscar las deseadas imágenes, pero sólo consiguió una, disculpándose por no tenerlas disponibles. Se confesó desordenada con sus álbumes. Aquella foto fue motivo de comentarios por los cambios en su aspecto, cuando tenían menos kilos y arrugas; más cabellera y lozanía. Se ajustaron los anteojos y usaron una lupa para observar los detalles imperceptibles a la vista.
—Dicen que recordar es volver a vivir —suspiró Mercedes.
—¿Quién es el que está junto a Luis? —preguntó Joel.
—Es Mateo, sólo que aquí tenía cabello —dijo Flora.
—La que está junto a Flora, soy yo, ¡qué ropa y peinados tan graciosos usábamos! —exclamó Victoria. 
—Algunos estamos irreconocibles, otros se conservan igual —señaló Mateo.
—El que está parado junto a Victoria es Manuel, aquel pretendiente que la quería incondicionalmente, a quien nunca aceptó por más que le rogó, ¡cómo lo hizo sufrir! ¡Lo traía como su perrito faldero! —dijo Mercedes, dándole a Victoria una sopa de su propio chocolate.
—No es Manuel, se parece mucho. Creo que es Antonio Suarez —manifestó Daniel.
—Yo debo estar senil, porque no sé quién es el que está parado junto a mí —dijo Mercedes.
Examinaron la fotografía, concluyeron que no recordaban a ese compañero.
—He observado que se recuerda con más facilidad a los extrovertidos,  a los rebeldes o traviesos. Nadie conoce a éste joven, que por alguna razón pasó inadvertido. No me hubiera gustado ser de los invisibles  —aseveró Daniel.
—Tal vez es un intruso de otro grupo que se puso para la foto —expresó Mateo.
Gabriela regresó de la cocina. Faltaba ella por examinar la fotografía. Cuando lo hizo, se quedó mirando fijamente la imagen y su cara se puso lívida, entonces, murmuró atropelladamente:
—¡No puede estar aquí! Lo reconozco…Es Ángel Martínez… ¿No lo recuerdan? Cuando cursábamos el último año de preparatoria falleció en un accidente automovilístico. Nunca estudió en la universidad con nosotros. 




*Textos publicados en El Sol del Bajío, Celaya, Gto.

domingo, 5 de marzo de 2017

EN ESTE SOLITARIO ESPACIO DE LA LUNA


EN ESTE SOLITARIO ESPACIO DE LA LUNA

“¿Qué es poesía?, dices, mientras clavas en mí pupila tu pupila azul. ¡Qué es poesía! ¿Y tú me lo preguntas? Poesía... eres tú.” Sentenció Gustavo Adolfo Béquer y con estas líneas perpetuó el inefable placer de somatizar el alma, cuando damos a luz la estética literaria desde lo profundo de las emociones.
Así que desde algún “solitario espacio de la luna” nos acompañan cuatro amigos poetas. Su obra es divergente, a veces paralela pero siempre intensa. Participan en la escena literaria de la Ciudad de México (CDMX le dicen ahora) y nuestro colaborador frecuente, Maurick Ilich, los ha convocado para este encuentro oportuno entre su obra y nuestros lectores. Que lo disfruten. Vale.
Julio Edgar Méndez


Fotografía de Claudia Andujar

AUSENCIAS COTIDIANAS
Fanny Casillas

Querer gritar
ahogar en un grito la vida
Querer pintar
blanquear la noche con aerosol
sobre la avenida.
Exiliarse de la última nave que tenías.
Naufragar en la luna
con toda la tripulación que soñamos:
Reclamos, promesas, desencantos
y gritar, pintar, exiliarse
volver de vez en vez a tu nombre
recordar que hubo en tiempo
en que los dos fuimos compañeros de puertos
en el que los dos navegábamos con locura
sin timón, ni veleros.

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PRELUDIO
Fanny Casillas

He perdido la cuenta
de las puestas de sol
que han besado mis ojos.
No hay flor que pueda con
sus pétalos contar las estrellas
que uso a diario para pedir
una tormenta de olvido.
Sigo la ruta del viento,
las nubes que forman tu cabello
quieren  tocar la luna
que llevas en la espalda.
Estas causalidades
hacen que pierda la brújula del mapa
en donde una noche de octubre
me dio por olvidar
los años luz a tu casa.
No sé
si la hora de tomar café, es una señal para tu encuentro
o si escuchar esa canción de repente,
es apenas una ligera señal de que escuchas mis pasos,
Espero  tu recuerdo
que llega todos los días a las cuatro.
Como una vieja ceremonia al Mictlan
tu perfume a copal besa mi cuello
rodea mis labios y siento que tu recuerdo
es insoportable.
Tus ojos
tus manos
tu cuerpo
a las cuatro llegas
y al ritual de tu regreso
cada uno de mis intentos de olvido, se consumen
como incienso.
Pasadas las seis te vas
y dejas por toda la sala rastros de ti
un extraño olor a copal
invade la habitación.
Es el otoño que al fin comenzó.

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RECUENTO
Fanny Casillas

Y en el recuento de cadáveres que yacían en tu espalda
vi todas tus promesas desangrándose,
tus sonrisas mutiladas
y tus manos con balas;
sin embargo no vi en el delirio
ninguno de mis dedos sujetándolas.
En el fusilamiento de nuestras vidas hechas
te vi con mis brazos
y te caminé con mis ojos
quedito, quedito
para que mis pasos no te abrazaran en la muerte
para que mis abrazos no te miraran con lágrimas.
Te vi morir
sin una palabra de despedida,
ni un beso de buenos días
te vi morir,
morir
apestando mis planes
en una fosa sin sueños.
¡Alto al fuego!
Por fin a nuestros caminos
se les acaba la vida
y con ello
tu voz
tu olor
tu mano
Un mundo que ya no es más mío.

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EXILIO
Fanny Casillas

Sé por qué no quieres saber nada de mí
ahora entiendo por qué bloqueas con muros
todas las mariposas hechas beso que te mando
Ahora lo sé.
Sabes que yo fui congruente a la promesa de una noche que ahora ya no importa.
No te vayas, me decías y ahora en este solitario espacio de la luna
te das cuenta de que tú rompiste la utopía
que hiciste trozos la promesa de incendiar el mundo
para construir sobre su cadáver y las cenizas un romance eterno
para que nuestros pasos fueran espíritus vagabundos del universo.
Pero hiciste trozos las promesas  y esperanzas
también las mariposas hechas beso,
luego rociaste tu bosque astronauta de gasolina
y allí en un árbol casi caído
encerraste las mariposas-beso.
Las promesas
la noche que ya no importa
e incineraste el amor y los olvidos
y también la lucha y las clases y los obreros
y ya no quisiste incendiar al mundo
te acostumbraste a los atropellos
te acostumbraste a colonizar el aire de desconsuelos
te acostumbraste a vestir las estrellas de duelo
y yo me acostumbré a una llama corta que no incendia el mundo.
Ni tampoco tus sombras
ni tampoco las mariposas que nacen de cada deseo por verte de nuevo
aunque sea verte convertido en  cenizas
aunque sea verte los poros ya sin mis caricias
pero eso
como la noche y las llamas que no arden el mundo
todo eso
ya no importa.



SIN TÍTULO
Jesús Baldovinos Romero

¿Por qué nadie me explicó que la muerte es ausencia?
Padre, llevas tantos años muerto
y yo sin saberlo.

*
Un árbol tembloroso,
lleno de miedo
despojado
herido
sin ramas, sin nidos, sin aves
un árbol vacío,
sin frutos, sin hojas;
en lugar de savia
el veneno de la soledad.
Mi padre, sigue siendo
un árbol de silencios.

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LA IGUANA
Jesús Baldovinos Romero

La iguana devora sol
el destello de sus ojos milenarios lo confirma
tanta luz que se ha oscurecido
tanto asombro atrapado entre sus costillas.
La iguana es un presagio
de lo que el hombre no ve.

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UN CABALLO ROJO
Jesús Baldovinos Romero

Un caballo rojo de guerra cruzó la infancia. Ese triciclo en que cabalgué quedó enterrado en el barro del patio, aquel patio lejano. Hoy, ahí, en medio del ruido y de los demás recuerdos apretujados, apareció de  nuevo.
Le colgaba girones de aire para que fuera más rápido. En sus ruedas la inocencia se fue quién sabe a dónde. Me trajo a cambio un miedo infinito a las cosas, a los calendarios sobre todo, y al olvido también.
Esta tarde vino colmado: el amanecer en la huerta, la barba rasposa de mi padre, la juventud de mi madre, y yo, perdido en ese silencio de la niñez.  El apache dibujado en su frente me sonrió de nuevo y cambió el llanto por un manojo de gratitud.
También yo fui un guerrero descubriendo lo que había detrás de las cosas; aunque alguna vez, mis pies se hicieron de agua y lo abandoné en medio del camino.
Sus chirridos de grillos atrapados  son un archivo musical que no he podido encontrar de nuevo. Pienso que tal vez fueron así, como yo también dejé de ser y ya no encontraré a nadie.



TORPEMENTE ENAMORADA
María Del Pilar Martínez Pérez

Estoy enamorada, de ti, y de tu interior, estoy enamorada de lo que eres cuando estoy contigo y cuando no, estoy enamorada de tu risa calmada, y tu risa a carcajadas, de ese par de hoyuelos al final de tu boca, y de lo chino que es tu cabello.
Estoy enamorada, de tu aroma, de tu voz, de todos esos sonidos que haces cuando te preocupas.
Y de ese silencio cuando no sabes qué decir.
Estoy enamorada, de tus ojos, de esos ojos que me miran al anochecer
Y ni hablar de lo ojos que tienes al amanecer.
Estoy enamorada, de tus manos grandes y fuertes.
De tu estatura fuera de lo promedio.
Estoy enamorada, de lo que somos estando juntos, de lo que eres estando solo, estoy enamorada de tus chistes sin humor, de tu expresión al asombrarte, de cada facción tuya, de lo que fuiste, de lo que eres.
Estoy torpemente enamorada,
De lo que conozco de ti y de lo que no también.
Estoy enamorada, de tu nombre, y de la primera vez que te vi.
De tu camisa amarilla, y de la rosada también, de cómo te ves con tus anteojos y de cuando te los quitas, de tus gustos y de lo poco que tenemos en común.
Estoy enamorada, de las circunstancias, de nuestro primer paseo, de nuestras caminatas largas alrededor del parque, de nuestros besos a mitad de calle, y de los abrazos de despedida en las paradas.
De cada uno de nuestros besos largos, y de los cortos también, de tus ocurrencias, de tus palabras, de cómo sostienes mis manos, y de cómo me levantas para estar a la altura, incluso el desnivel que existe me cautiva.
Estoy enamorada de cada uno de nuestros encuentros, de esos besos apasionados en lugares inusuales, y de la hora en la que siempre quedamos para vernos.
Estoy torpemente enamorada de ti, y de todo lo que me haces sentir.



DIOSA MÍA, DEVUÉLVEME A LA VIDA
Phil Decart

Tú, mi inspiración, Diosa mía
negarte es negarme a mí mismo,
yo finito, tú inmortal,
pues qué queda, después de un tiempo,
de mí, cenizas; de ti, la inmortalidad.
De tu inspiración, palabra-verdad
Que canta el amor sublime.
Yo al borde de la locura; Tú la razón,
Amor elixir mágico dado a los mortales
sin él, no vivo, muero.
Me atormenta tu lejanía,
saberte con otro, ¿amante?
Se enfriaron las caricias,
los besos, tu sonrisa angelical
del Olimpo has bajado, diosa mía, yo mortal,
necesito de tu cuerpo,
amarte hasta el delirio,
frenesí de amor te pido
sueño y pienso en ti.
Diosa inmortal, dale valor a mi finitud.

++++++++++++++++++++++++++

“OJOS NEGROS, PIEL CANELA”
Phil Decart

Tez morena
Destello de estrellas,
abierta sonrisa,
ojos negros, de capulines
ventanas de tu alma.
Piel morena,
pasión nocturna,
labios color cereza
gesticulan amor
y me atraen,
hasta perder la razón.
Nuestros cuerpos se atraen
dejados a la imaginación,
al ser y al quehacer;
pero cuando despierto,
quisiera nuevamente con temor y temblor
hacerte mi amor.


*Textos publicados en El Sol del Bajío, Celaya, Gto.

UNA TRISTE HISTERIA QUE NO ES DE AMOR

UNA TRISTE HISTERIA QUE NO ES DE AMOR Rafael Palacios PLAY Fue aquel día de muertos. Bailabas en el pequeño auditorio de tu e...