domingo, 15 de enero de 2017

LOS DOMINIOS DEL PRÍNCIPE PARADOJA


LOS DOMINIOS DEL PRÍNCIPE PARADOJA
(Dioses griegos y aforismos en El retrato de Dorian Gray de Óscar Wilde)
Ensayo. Primera Parte
Benjamín Pacheco
Pareciera que la vida y obra de Óscar Wilde invitan a apreciar una arquitectura compleja, llena de senderos que se encuentran y bifurcan constantemente. El lector, sin ser experto y con un poco de atención, puede volverse una especie de arqueólogo al que se le descubren ciudades escondidas en lo que aparentemente eran sólo valles y cordilleras. La comparación vale porque Wilde es un escritor que recompensa en la medida que se le busquen diversos significados a sus cuentos, ensayos, obras de teatro, poemas, epístolas o su popular novela: El retrato de Dorian Gray, misma que es motivo del presente trabajo.

            En el contexto, tampoco es de extrañar que los críticos literarios especializados encuentren atractivo el análisis de su biografía debido a los distintos rumbos que recorrió Wilde, tanto en sus vivencias públicas y privadas, así como en su quehacer literario, donde parece que se funden hombre y ficción. Esto, debido a que dentro de la riqueza de posibilidades se desprenden varias constantes: esa sensación de dualidad, de encuentro de opuestos, de reflejos y dicotomías. En un breve estado de la cuestión y con reserva de precisar estos conceptos más adelante, por lo general aparece un comentario, un apunte, alguna referencia a dichas recurrencias en revistas arbitradas, prólogos de sus libros, ensayos académicos o artículos de aficionados. Estos son: presencia pública dominante-personajes literarios dominantes; ascenso y caída social del padre-ascenso y caída social del hijo; educación ambigua de niño-niña; mito fáustico-mito griego; la resignación ante la brevedad de la vida contra el deseo de juventud eterna; y otros temas que han sido analizados a lo largo de los años.

            Debido a lo anterior, Wilde se mantiene como un escritor popular de fama mundial. Prueba de ello son los museos que se han consagrado a su memoria y las constantes películas basadas en su vida u obra; en el ámbito cotidiano tampoco está ausente, pues basta adentrarse a una librería especializada, o las llamadas “de viejo”, y el irlandés aparecerá en alguna parte: en edición económica, de lujo, en antologías o de forma individual. Tan sólo en un buscador de Internet arroja 61 millones 900 mil resultados si se teclea su nombre,  al contrario de escritores como Charles Dickens (49 millones 300 mil), Fiódor Dovstoievsky (255 mil) o Miguel de Cervantes Saavedra (2 millones 560 mil resultados), por citar algunos autores. El punto es que Wilde se mantiene vigente y cuenta con una gran cantidad de seguidores a nivel internacional.    
                                                                                                                                
                                                                                                                                                  
Por extensión, el presente trabajo no busca agotar estas posibilidades, sino centrarse en dos aspectos que resaltan en El retrato de Dorian Gray: la referencia a los dioses griegos Apolo y Dionisos, y la constante presencia de aforismos, mismos que tienen funciones importantes dentro de la novela.

Por intención, sería recordar nuevamente lo referido con anterioridad: Wilde recompensa a aquel que desee acompañarlo, a la manera Dante-Virgilio, en un viaje a las profundidades del hombre, su belleza, la complejidad de su pensamiento y el horror que puede producir para algunos la pérdida de la juventud y sus placeres, así como el hecho de tener que pagar las consecuencias debido a los excesos que se tengan a lo largo de la vida.

Un irlandés en la compleja corte victoriana
Siguiendo la fría línea de una cronología,  se aprecian los momentos importantes en la vida de Óscar Wilde: fue hijo único y vivió 54 años. Más de 30 años los consagró a la literatura, tomando en cuenta sus obras de juventud, premios y estudios universitarios, hasta su muerte en París el 30 de noviembre de 1900, a consecuencia de un ataque de meningitis. El posterior dramaturgo, ensayista y escritor de cuento, poesía y novela, nació en Dublín el 10 de octubre de 1854. Su padre fue Sir William Wilde, holandés y reconocido como doctor con especialidad en ojos y oídos; su madre, nacida Jane Francesca Elgee y luego referida como lady Wilde, era de nacionalidad irlandesa y una luchadora nacionalista, quien colaboró bajo el pseudónimo de “Esperanza” en el periódico The Nation, además de ser una reconocida poeta de su tiempo. Wilde gana una beca para estudiar en la Universidad de Dublín (1873) para luego ingresar a la Magdalen College, en la Universidad de Oxford (1874). En ese periodo obtiene el primer lugar en Literatura Clásica (1876), viaja por Italia y Grecia antes de  obtener el primer premio en literatura griega y latina, así como el Newdigate Price con su poema Ravenna (1878). A partir de 1879 fijará su residencia en Londres y aparecerá la primera edición de su obra poética (1881). Al siguiente año viajará a Estados Unidos de Norteamérica para brindar conferencias y se casará en 1884 con Constance Lloyd, hija de un rico abogado de Dublín, quien le dará dos hijos: Cyril (1885) y Vivian (1886). Su actividad literaria “ascendente” será desde 1888 hasta marzo de 1895, tiempo en que promoverá el juicio “por difamación” contra el Marqués de Queensberry, pero que finalmente perderá tras un “riguroso interrogatorio” que hará que lo detengan, sea procesado en la Corte de Old Bailey y sentenciado el 27 de mayo a dos años de trabajos forzados. Hasta el 19 de mayo de 1897 saldrá de la prisión de Reading y se mudará a Berneval, Francia. Después se irá a París, su esposa estará muerta (1898) y él vivirá bajo el seudónimo de Sebastián Melmoth. Algunas de sus obras más conocidas serán El Príncipe Feliz y otros cuentos (1888), El retrato de Dorian Gray (1890), el libro de ensayos Intentions (1891), los estrenos de las obras teatrales El abanico de Lady Windermer (1892), Un marido ideal y La importancia de llamarse Ernesto (1895), y Salomé (1896), el poema La esfinge (1894), así como sus famosos textos La balada de la cárcel de Reading (1898) y las versiones de De profundis (1905-1909).


De la cronología se puede establecer que el periodo más productivo de Óscar Wilde es a raíz de que se establece en Inglaterra en 1879. Para esto, hay que recordar que el país estaba a finales del largo mandato de la Reina Victoria (1837-1901), conocido como periodo victoriano. Dicha época puede apreciarse como de estilo “prudente”, “represivo” o a la “vieja usanza”, al igual que de “gran expansión de la riqueza, poder y cultura”,  según analiza George P. Landow, profesor de Inglés e Historia del Arte en la Universidad Brown. El investigador cita que en ciencia y tecnología, al parecer los victorianos inventaron “la idea moderna de invención: la noción de que una persona puede solucionar los problemas, que significa que puede crear nuevos significados para mejorarse a sí mismo y a su entorno” , además de cambios en cuestiones ideológicas (política y sociedad), que refieren cuestiones relacionadas con la democracia, feminismo, creación de sindicatos para los trabajadores, y apertura a tendencias como el Socialismo y Marxismo.  En Literatura y demás artes, por su parte, Landow refiere que los victorianos combinaron la emoción e imaginación del periodo Romántico con lo que ofrecía el Neoclásico, donde también destacó el “rol público del arte y la responsabilidad del artista”.  En general se consideró una “época compleja y paradójica que fue un segundo Renacimiento Inglés”  muy similar al vivido con la Reina Elizabeth.

Lo anterior es en cuanto a la línea temporal, misma que falla en mostrar los detalles más personales que también forman parte de la vida de los hombres ilustres. Estos, a su vez, pueden enriquecerse con los acercamientos que realizan otros estudiosos. Los ángulos son variados y extensos, por lo que a continuación solamente se referirán algunos análisis recurrentes en torno a la vida y obra del conocido escritor. Por ejemplo, el poeta José Emilio Pacheco refiere en su ensayo “Wilde en su (tercer) mundo”, el nivel intelectual de Lady Wilde, así como las aportaciones científicas de Sir William Wilde, amén de su escandalosa vida de amantes que lo llevaron a juicios y desprestigio social. Pareciera que es un anuncio de lo que vivirá el joven Wilde en el pináculo de su carrera:

            El doctor James Will Wilde (1815-1876) fundó la otología moderna, inventó la operación contra las cataratas y fue célebre en toda Europa como especialista en enfermedades del oído […] Lord Wilde (el título se lo concedió el virrey de Irlanda) fue también un arqueólogo, antropólogo, folclorista y escritor. En 1851 probó científicamente que la gran hambruna se debía al sistema de tenencia de la tierra. Como su hijo, estaba en la cúspide cuando un proceso lo abatió para siempre: una ex amante lo acusó de haberla violado bajo los efectos del entonces novísimo cloroformo. El doctor Wilde logró demostrar su inocencia pero no recuperó su prestigio social. 

De Lady Wilde, destaca Pacheco, “escribía poemas patrióticos con el seudónimo de Speranza y llamaba a la lucha armada contra el opresor”  y le heredó a su hijo “doctrinas que defendió hasta la muerte como el derecho de las mujeres a trabajar al mismo título que los hombres y a participar en actividades políticas”.  Otro punto de importancia, según el ensayista mexicano, fue un primer amor fallido con la bella Florence Balcombe que “acentuó su indefinición sexual”,  pues ella prefirió casarse con Bram Stoker, autor de Drácula (1897). Con esto, Wilde se marchó a Oxford para prácticamente renovarse por completo:

            Practicar el arte de la inversión elegante: darle la vuelta a todas las normas de su niñez. Sus padres fueron descuidados, él sería un dandy; la sociedad se rió del doctor Wilde, él iba a reírse de la sociedad; Speranza soñó con la reconquista celta de la Irlanda ocupada, él la superaría al invadir y conquistar Inglaterra. El ingenio fue para él una forma de decir la verdad bajo apariencia humorística: “Soy irlandés de raza pero los ingleses me condenaron a hablar la lengua de Shakespeare”. “Los sajones nos robaron nuestras tierras y las empobrecieron. Nosotros tomamos su lenguaje y le añadimos nuevas bellezas”

Lo anterior tuvo un efecto en la formación e ideología del escritor irlandés. Para Pacheco, Wilde representa “el escritor colonial que lleva hasta el centro los dramas de la periferia, el colonizado que se enfrenta al colonizador en su propio teatro y paga el precio de buscar la utopía con el martirio que lo redime y lo consagra”. 
Carmen Martín Gaite, en un prólogo a la edición de 1970 de El retrato de Dorian Gray publicada en la colección de la Biblioteca Básica Salvat, señala que “el salón de los Wilde era el más célebre de Dublín y se consideraba de buen tono, entre las gentes que lo frecuentaban, hablar crudamente, beber mucho y no asombrarse de nada”.  Al parecer esto malcrío al pequeño Óscar, pues “alimentó un profundo desprecio hacia todo lo cotidiano, vulgar y obligatorio”,  además de que fue una actitud que mantuvo constante sin importarle las consecuencias:

            Esta postura lo llevó a afrontar todo, incluso sus vicios y errores, con exageración y descaro, a resolverse siempre por el gesto soberbio y provocativo, por la defensa de sus particularidades, sin calcular de antemano las consecuencias que pudiera acarrearle tal actitud. En una palabra, no estaba ni estuvo nunca preparado para plegarse al mundo de los demás, cuyas normas y leyes, que se empeñó en desconocer, acabaron pudiendo más que él y haciéndole pagar caro tal desdén.

(CONTINUARÁ)


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 1. Queda claro que la comparación es injusta debido a que diariamente cambia la información que se almacena en Internet, misma que está sujeta a múltiples variables (aniversarios, publicaciones, películas, fotografías, pinturas, listados). La intención es meramente referencial. El comparativo se realizó el 27 de mayo de 2012.  2. Monserrat Alfau, Traducción, prólogo y notas de Óscar Wilde, Editorial Porrúa, México, 1979, p. XXVII-XXVIII. 3. George P. Landow, “Victorian and Victorianism”, The Victorian Web, http://www.victorianweb.org/vn/victor4.html [Consultado el 26 de mayo de 2012] (La traducción es mía). 4. Ibíd. 5. Ibíd. 6. Ibíd. 7. Ibíd. 8. José Emilio Pacheco, “Wilde en su (tercer) mundo”, Letras Libres, http://www.letraslibres.com/revista/convivio/wilde-en-su-tercer-mundo [Consultado el 27 de mayo de 2012]. 9. Ibíd. 10. Ibíd. 11. Ibíd. 12. Ibíd. 13. Ibíd. 14. Carmen Martín Gaite, prólogo a El retrato de Dorian Gray, Salvat Editores, España, 1970, p. 6. 15. Ibíd. 16. Ibíd.

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*Benjamín Pacheco López, mexicano, es reportero y fotógrafo. Ganador del XXVIII Premio Nacional de Ensayo “Magdalena Mondragón”, otorgado por la Universidad Autónoma de Coahuila, México, 2012, por el ensayo: “Los dominios del Príncipe Paradoja (Dioses griegos y aforismos) en El retrato de Dorian Gray de Óscar Wilde”. Primer lugar en la categoría de Ensayo, en el Foro Cultural Universitario “Espiral”, organizado por la Universidad de Guanajuato, México, 2011. Primer lugar en poesía en los Juegos Florales “Profesor Luis Pavía López”, edición 2007, en Ensenada, Baja California, México.   
http://www.aquilaguna.com/modules.php?name=News&file=print&sid=21459

domingo, 8 de enero de 2017

EL SECRETO DE LA PIRÁMIDE


EL SECRETO DE LA PIRÁMIDE
Julio Edgar Méndez
Ilustraciones de Cárlos Vélez


Bajo las ramas de un árbol muy viejo, que parece un guardián, se encuentra una casa que guarda un secreto. La gente le dice la casa de la pirámide.

Es una casa muy vieja y grandota con un patio en el frente y diez ventanas que parecían ojos mirando a todo el que se animaba a asomarse por entre las rejas cubiertas de ramas. En medio del patio había una fuente en forma de pirámide y llena de dibujos como escritura antigua, o a lo mejor era escritura antigua que parecían dibujos. El color de la fachada era de mucha tristeza, también los arbustos y árboles eran de un verde que, de tan oscuro, le daban a todo el lugar un aire de abandono y soledad. La gente evitaba mirar hacia la casa al pasar por ahí. Se encontraba partida a la mitad igual que tantas otras de esa colonia Alameda. Nadie hablaba con los habitantes de la casa de la pirámide, ni recuerdo haber visto a gente antes de aquel día. El día en que conocí a Bianca.

Yo había cumplido diez años semanas antes, lo recuerdo muy bien porque fue la última vez que tuve fiesta con piñata, payasos y toda la cosa. Ese día del que hablo, andaba paseando en mi bicicleta muy veloz, dale que dale a los pedales, subiendo y bajando banquetas, igual que tú cuando andas en tu bicicleta. Pensaba  que la bici era un avión, cuando de pronto ¡zas!, me fui a estrellar directo contra la reja de la casona. Del golpazo se abrió la reja de par en par y fui a dar de sopetón dentro del patio. Por unos segundos –así me pareció- me quedé tirado en el suelo; se me nubló la vista y cuando pude ver bien, ya estaba junto a mí una niña a quién no conocía.
Era más o menos de mi edad. Me miraba con una sonrisa pero sin burlarse, ya sabes, cuando uno se cae, todo mundo se ríe de nosotros, pero ella no se reía, sonreía. La niña tenía los ojos de un color extraño, entre verde y amarillo, cejas grandes y rubias, rubias como los chinos cabellos que medio se mantenían en su lugar gracias a un moño enorme en la cabeza. Su vestido y zapatos estaban muy viejos pero se veían finos, toda ella se veía sucia pero no fea ni desagradable, sino más bien como si viniera de un lugar lleno de polvo. Me levanté del suelo, me sacudí la ropa y miré mi rodilla con tremenda rotura en el pantalón y una mancha de sangre que empezaba a ponerse oscura. Mi mamá se iba a enojar mucho cuando viera cómo había ensuciado la ropa nueva. Además de que mi bici seguramente estaría igual de maltratada.

Mientras pensaba qué historia  iba a inventar para que no me castigaran, me aguanté el dolor, que sentía ahora menos fuerte, para que la niña no pensara que yo era un chillón. Pero ella me tomó de la mano y me hizo señas de que me sentara en la fuente, junto a la pirámide. Ahí me lavó con el agua fría la rodilla y me parece recordar que en ese momento se me olvidaron todas las ideas, yo la miraba con ojos de bobo. Sus ojos le brillaban con la luz del sol que le daba de frente, su piel era tan blanca que parecía transparente. Ella no hablaba palabra alguna, pero era fácil entenderla, como cuando me pidió que la siguiera hacia dentro de la casa. Yo no tenía miedo, pero sí me puse medio nervioso al seguirla. Caminé cojeando por el dolor en mi rodilla, pero ella me tomó de la mano y entonces la acompañé. ¿A ti no te gusta que te tomen de la mano? A mí sí. Sus dedos estaban fríos, eran delgados, muy suaves, como las manos de mamá.


Subimos los escalones de la entrada de la casa y la niña abrió la puerta que aunque se veía vieja, no hizo ruido. Yo esperaba escuchar a la puerta rechinar como en las películas de misterio, chirrrr. Entramos y había un pasillo largo con paredes de madera hasta la mitad y tapiz de papel hasta el techo. Sobre el tapiz había como pinturas, parecían dibujos de días de campo junto al río. Los personajes eran raros, como de películas viejas: faunos, unicornios, hadas, pegasos y otros seres de fantasía difíciles de reconocer sin quedarse a verlos por mucho rato. ¿Tú conoces más seres de fantasía que yo? Luego atravesamos el pasillo de prisa, dejando atrás la puerta abierta. Iba tan embobado viendo las paredes, que no escuché el ruido que hizo la puerta al cerrarse sola de nuevo. Llegamos a la sala principal; debido a la luz que entraba por las ventanas, las que por fuera de la casa parecían ojos. Había un arco iris sobre las paredes. La chimenea estaba en medio del gran cuarto. También en estos muros había seres de fantasía pintados sobre el tapiz. Los muebles eran antiguos, como los de la casa de mis abuelos. La luz de las lámparas era muy débil todavía, parecía como si no quisieran alumbrar la casa. Un enorme reloj de péndulo, de esos que seguramente has visto en los museos, estaba muy quieto, no se movía y no sonaba. Era el objeto más notorio de la sala. Había además dos escaleras que subían hacia el segundo piso, cada una en los extremos de la sala y en medio del techo, que yo veía muy, muy lejos, estaba un enorme candil cubierto de telarañas. Sobre una mesita llena de polvo, la niña escribió con su dedo la palabra “Bianca”. Se me quedó viendo con ojos de pregunta. No le dije mi nombre, todavía tenía pena. Entonces ella, muy educada, me dio la mano e hizo una corta reverencia. Me reí y le dije: “¿Te llamas Bianca?”, movió su carita de arriba hacia abajo diciendo que sí, “mucho gusto, señorita”, le dije, ella se rió y volvió a inclinarse un poco. Enseguida corrió hacia una de las dos escaleras y yo la seguí. Subió muy rápido, o tal vez debido a que yo cojeaba por mi rodilla, así me lo pareció. Cuando llegó arriba, comenzó a correr casi rozando las paredes del pasillo y acercándose peligrosamente al barandal. Se ocultaba de pronto detrás de alguna maceta llena con plantas gigantescas y se aparecía con su cara haciendo señas de que no hablara. No podía imitarla porque a mí me habían enseñado a no portarme mal en otras casas, porque en mi casa sí me portaba mal a veces, igual que tú y cualquier niño o niña cuando se aburre. Bianca siguió corriendo a través del pasillo lleno de puertas cerradas y de vez en cuando se ponía a escuchar pegada a las paredes. Parecía que no quería despertar a los seres de fantasía pintados en los tapices.

Me quedé quieto sin saber qué hacer, aquello no era muy divertido y ya tenía ganas de volver a mi casa, para que mi mamá me consintiera y curara la rodilla. Así que le dije: “Bianca, ya me voy porque en mi casa me están esperando”. Se puso muy quieta y su cara muy triste, los ojos se le llenaron de lágrimas que resbalaban por las mejillas dejando manchas sobre su rostro lleno de polvo. Con sus ojos llorosos y levantando las manitas me decía: “¿por qué?”. Sólo repetí lo mismo y giré hacia las escaleras para bajar lo más rápido posible y salir antes de que me hiciera llorar ahí mismo enfrente de ella. Ya sabes que cuando vemos a alguien llorar, nos dan ganas de hacerlo nosotros también. Además, ¿te imaginas qué mal se vería llorar frente a una niña?


En el primer escalón volví la cabeza para despedirme de ella y ya no había nadie. El pasillo estaba vacío, las puertas de los cuartos seguían cerradas, el silencio era total y una sensación de que algo extraño pasaba, me puso nervioso. Ya no había luz en las lámparas, que estaban llenas de telarañas. Miré hacia todos lados, pero no la vi de nuevo. Mi miedo me decía: “¡corre!”, pero mi corazón esperaba verla aparecer detrás de alguna maceta, o debajo de alguna silla, pero las macetas y las sillas se veían completamente vacías. Seguí bajando las escaleras y no recordaba que tuviera tantos escalones, parecía que bajaba hasta muy lejos. Ahora veía por primera vez que las paredes estaban llenas de cuadros, retratos de muchas personas vestidos con ropa antigua, caras desconocidas cuyos ojos parecían seguir mis pisadas.

En el primer descanso de la escalera -que al subir tampoco había notado- había un gran espejo con marco dorado. Seguí bajando las escaleras para llegar ahí y apenas me daba cuenta de que ahora ya tampoco había luz en las ventanas, sólo una lucecita borrosa como de sueño alumbraba mi camino. Empezaba a sentir más miedo, me dolía la rodilla y ahora también la cabeza. Me sudaban las manos y se me pegaban al barandal lleno de telarañas. Di otro paso, me dio más dolor, bajé otro escalón y la escalera seguía sin terminar. A mis espaldas comenzaban a sonar ruidos raros, como de muchos insectos caminando sobre las paredes y el piso. Ruido de puertas que se abrían despacio, ruido de pisadas lejanas. Seguía bajando y no quería mirar más que los peldaños, ya no sabía si era la escalera o era mi miedo sobre lo que pisaba, porque mis zapatos se me salían de los pies. Las agujetas estaban sueltas, mis calcetas caían hacia el suelo, no las subí, no quería detenerme más, quería salir, quería gritar, pero mi garganta estaba llena de silencios secos, como cuando tienes tos y tu voz suena toda rasposa.

El candil, lleno de telarañas, se estaba moviendo y rechinaba mientras iba de un lado al otro y yo no quería voltear hacia arriba para ver qué lo hacía moverse, ni tampoco quería mirar quién le daba cuerda al reloj de la sala que empezaba a sonar, tic tac, tic tac, tic tac. Cada vez que oía el tic tac y el rechinido del candil, las puertas que ahora se abrían y cerraban, me daba más miedo. En eso, comencé a escuchar la voz de una niña, el eco atravesaba las paredes de un lado al otro, parecía meterse entre los dibujos de los invitados al día de campo. Entre los faunos, las hadas, los unicornios, esa voz decía mi nombre, decía el nombre que yo no le había dicho: “Alex…” decía en un susurro, “Alex…”. Bajé otro escalón y otro escalón y otro escalón. La escalera parecía no terminar nunca. Sentí de pronto un beso helado sobre mi mejilla, una risa infantil detrás de mí bajando la escalera. Ya no veía ahora más que mis pies que bajaban como si subieran de nuevo. Al fin llegué al descanso de la escalera y no quería mirar el espejo enorme con marco dorado, no quería mirar lo que estaba reflejado. Me daba miedo voltear. Una voz infantil dijo de pronto muy bajito: “mira, no tengas miedo”, “mira, Alex”, “mira…”, así que miré.

Ahí, en aquél enorme espejo, no había nada. Polvo sobre más polvo, pero no había imagen alguna. Podía ver el reflejo del barandal de las escaleras, las ventanas con las viejas cortinas más al fondo, pero nada más. Solté una carcajada de nervios y miedo y quise seguir bajando cuando de nuevo la voz infantil me dijo: “mira…”, volteé hacia el espejo otra vez y ahí, junto a mi cara toda escurriendo de sangre, mi rodilla con el pantalón roto y mi ropa sucia de tierra  rojiza, estaba Bianca, la niña. Pálida, cubierta de polvo, abrazada por telarañas. Bianca, mi amiga, la de ojos color extraño, entre verdes y amarillos. Se puso un dedo sobre la boca y me dijo muy quedito: “no vayas a hacer mucho ruido, Alex, porque los demás se molestan con los que acaban de llegar  a esta casa y no saben que ya están muertos… como tú”.



*La casa de la pirámide forma parte del libro Cuentos pequeños, grandes sustos ganador del VII Concurso regional de literatura infantil y fue publicado por Ediciones La Rana, del Instituto Estatal de la Cultura, serie Alas al viento. http://www.julioedgarmendez.com/publicaciones.html

domingo, 1 de enero de 2017

IN MEMORIAM…


IN MEMORIAM…

Fundado por el cronista y escritor Herminio Martínez, el taller Diezmo de Palabras, activo desde hace más de veinte años es el lugar donde coinciden personas buscando refugio para sus palabras, para su poesía y sus narraciones. En él, se pueden encontrar historias variadas, las que van de encuentros a desencuentros, las que se asoman al futuro o las que apuntalan el pasado, con repasos a la historia o con leyendas, pero lo que ahí se construye en cada sesión no es sólo un escrito, es su escritor, quien elabora los planos de una obra y levanta la estructura donde él y cada palabra que lo asalta se convierten en una plataforma. El objetivo es sencillo, hacer de la escritura el oficio que ha sido siempre: el de invocar al lenguaje más que como una forma de expresión, tal vez en lienzo, en música, en movimiento inagotable, en el testamento de sombras y luces que somos y que nos transforman a cada uno de nosotros en personas.
O como en esta ocasión, para recordar al maestro, luego de más de dos años de ausencia, con lo mucho que pudimos aprender de él.
HÉCTOR ORTEGA

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A MI MAESTRO, HERMINIO MARTÍNEZ
Eduardo Vázquez G.

Tristes noticias rompen mi sueño
y lo que queda de cielo oscuro
se revuelve con mis ideas.
Jamás en la vida encontraré ese riel que nos guiaba.
Solo queda la paciencia para llorar la angustia.
Los recuerdos inundan la soledad de las calles
donde este silencio me grita tu adiós.
Pero lo tuyo se queda conmigo para siempre,
hasta siempre, hasta mis últimos días.



ÁNGELA
Gilda García

Tan sólo pensaba en ella, en su boca perfecta y en su cabello largo de exquisito perfume. Pero no tenía caso evocarla, con certeza se ha olvidado de mí. Hace tres años que no tengo noticias suyas. Creo que perdió el interés en cuanto la suerte dejó de escoltarme, los recursos iban decreciendo y ella bajó su cuota de besos y abrazos, yo no era el tipo de hombre que buscaba, tan solo un artista que recién se hacía de un nombre y ella quería garantizar su futuro a través de la gran belleza que poseía. No dudo de su éxito. Luego de haber bebido algunos tragos en un bar famoso del centro, la cabeza me daba vueltas, decidí no tomar más. Enfrente, la Plazuela de los Sapos estaba repleta, el cielo estaba limpio esa tarde de agosto. De pronto la vi, ahí parada viendo ansiosamente su reloj, Ángela usaba un vestido de flores y la misma chaqueta de mezclilla de siempre, su favorita. Esperaba a alguien. Mi estómago se contrajo en un movimiento involuntario como cuando tengo ansiedad, pedí un Vodka. Quise levantarme para hablarle pero, tenía miedo de confirmar que Ángela estaba definitivamente prohibida para mí y recordé que la última vez que estuvimos juntos, sus ojos miel dejaron claro que no querían volver a verme. Tuve una avalancha de recuerdos, su risa franca volvió a mis oídos y la calidez de sus manos me hizo estremecer. Imaginé un encuentro en donde ella me besaba efusivamente y mostraba arrepentimiento por su desaparición. Al cabo de unos minutos, el anhelo ardiente de su cercanía hizo que pasara por alto todo y caminé con poca seguridad directo a ella. Seguía impaciente con la mirada en las manecillas. Nadie la acompañaba aún. Repentinamente un hombre con gafas oscuras y con porte de guardaespaldas la tomó por el brazo y le dio un fajo grueso de billetes, un lujoso auto Cadillac estacionó frente a ellos y subieron de inmediato. El coche voló por la calle hacia el bulevar en donde dobló hacia la izquierda para perderse por la ciudad infinita.



IN MEMORIAM
Arturo Grimaldo

Ayer,
hombre de tierra y flores
de cielo y estrellas luego;
pluma eterna de inspiración
lluvia que aligera el fuego.
Ausencia y presencia etéreas
sombra de viento cierzo;
pensamiento de mar y cielo
autoridad y autoría en el verso.
Ánima salpicada de tinta
letras cubiertas de melodía
abrazo de perfección eterna
sonrisa de la tarde al día.
Ni el paso fúnebre del tiempo
ha vencido la fuerza de su voz;
tampoco la lluvia temprana
ha podido ocultar el sol.
Tolvaneras de olvido
solaparon desconsuelo;
brilló más su estrella
¡Se ha ido el duelo!
Hoy,
no se hable más de su ausencia
sus letras están presentes;
escritas en el corazón,
grabadas en nuestra mente.

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LAS ÁNIMAS
Carlos Javier Aguirre

El señor Antonio San Juan de la Cruz, originario de la comunidad de La Trinidad, cuando salía de su trabajo como vigilante, compraba su garrafa de Tonayán y se trasladaba a su lugar preferido debajo un gran pirul.  Un día 2 de noviembre de 1960 -una tarde fría- sentado sobre una gran piedra apenas empezaba a saborear su bebida cuando empezó a sentir la presencia de unas ánimas que le quitaban el sombrero y le escondían su trago.
El hombre exclamó y maldijo:
—¡Hijos de tal por cual, ¡déjenme en paz!
De pronto escuchó una voz de ultratumba:
—Mira, Marco Antonio San Juan de la Cruz, cierra los ojos. Vas a ver lo te va a pasar si no dejas la bebida.
—¿Quién está dentro de ese ataud?
—Asómate para que veas.
—¡No!, ¿soy yo? -Gruesas lágrimas corrían por sus mejillas.
—Vuelve a cerrar los ojos.
—¿De quién es esa tumba? Ahí está mi nombre.
Se levantó con paso rápido y llegó a su casa muy nervioso.
—Ya llegué vieja.
—¡Pero mira cómo vienes! ¿Sigues tomando tu porquería?
—Si te platicara vieja... ¡unas ánimas me desvistieron! Pero te juro que no vuelvo a tomar una sola gota más.



HOY VOLVÍ A VIAJAR A MACHIGUA
Martín Campa Martínez

UNO
Hoy las letras se nos caen solas,
mientras la tarde
(muchacha de sonrisa infinita)
pareciera seguir hipnotizada
oyendo las pláticas de los hombres.
El mundo se ha llenado de luces
y música de tristes acordes.
La lluvia vino a recordármelo:
ya no estás aquí,
y un ligero golpe en la memoria
avisa que sigues doliéndonos.
Dueles como el soñador
que hoy no tiene qué comer
y al día siguiente tampoco.
Dueles como esa congoja
que aroma las salas de espera
en los hospitales.
Dueles en las pocas fotografías
que conservo de ti.
Dueles en los pasillos de tu estudio,
en tus hijos, en tu canciones preferidas,
en los ojos de quienes no te conocieron,
en las espléndidas hojas del recuerdo.
Dueles en la piel de tus ancestros.
Dueles como esa última plática
que le obsequiaste a tu esposa.
Dueles como debe doler la eternidad.

DOS
La palabra es un artilugio
que uso para que no duela tu ausencia.
Ahora soy un hombre
que cincela tu recuerdo
con el destello de algún ángel.
Quisiera tenerte frente a mí
para que escucharas
lo que sigo escribiendo
en mis constantes locuras.
Le grito a mi musa, como tú me enseñaste:
Abrázame fuerte hasta que le hagas
una hendidura a mi esqueleto.
Estremece mis recónditas metáforas.
¿O acaso el amor no tiene huesos?

TRES
Sobre mí ha caído la sentencia del silencio.
Los enemigos de mis letras
vienen a patear mi historia.
Tú me dijiste que ser poeta
no sería una tarea fácil.
Y más cuando la humedad crece
como los versos que un día perdiste
y ahora circulan, se esconden,
despellejan su tinta
sobre los libros de tu estudio
donde bebías café
mientras tu voz era sombra recién abierta,
rosa empapada de sol.

CUATRO
Hoy volví a viajar a Machigua.
Busco el aroma que es tu fantasma.
Tu recóndita palabra estremecida
donde la ciudad grita desnuda,
hambrienta como sus hijos.
Los grillos que hablan el dialecto
de la llovizna y los tordos.
Los itinerarios de tu sed.
La sencillez de los nopales
y la incomparable rugosidad del mezquite.
El puente donde las pupilas enverdecen
y se unen los labios, enamorados.
El bosque donde las muchachas
recargan la seda de sus muslos.
Volví de cuenta nueva
a caminar por estas calles
buscando mitigar el dolor de tu partida.
Volví para sanarle a mi alma
sus incesantes dolencias.
Volví por si no recordabas
que el amor, al romperse,
solo es una sombra descarrilada.

CINCO
El viento pasa con sus pies polvosos
arrastrando la noticia
de un próximo aguacero.
Es tiempo de partir
antes de que la noche
deshoje tus historias
que huelen a nostalgia.
Vete y déjame el corazón
repleto de buenos recuerdos.
Vete, hermano,
pues ya viene la lluvia
latigueando a la tarde.



TARDES DE UNA VIDA
Vero Salazar G.

Los momentos remontan en el tiempo
el recuerdo se llena de añoranza.
Llevo en la memoria esas tardes en el patio de la casa
cuando los rayos del sol nos bañan
con pálidos fulgores
en espera del ocaso del día y de la vida.
Se hilvana la esperanza  sobre trapos
sueños con hilo de colores.
En el lapso existencial se tejen anhelos.
Se cuece el atole de zarza en el fogón,
agridulce como la existencia misma
de un pueblo anacrónico.
En el bosque de oyameles revolotean las almas
de los difuntos.
Convertidas en mariposas monarca
van a pasear entre la tumba del infortunio.
El vuelo es infinito dejando nostalgia en el camino.
La tristeza invade la remembranza del lejano momento.
En otro lugar la vida es inigualable,
ya no se borda la tela ni se bebe el atole.
La distancia dio paso al olvido
de un pueblo perdido en las montañas,
fantasmas volando como palomillas
y el recuerdo cubriéndome el alma
evocando esos días de charla con la abuela,
mi madre…
mi familia.


*Textos publicados en El Sol del Bajío. Celaya, Gto.

domingo, 25 de diciembre de 2016

LAS TELAS DEL CORAZÓN


LAS TELAS DEL CORAZÓN

“Yo vengo de ver, Antón,
un niño en pobrezas tales,
que le di para pañales
las telas del corazón”.
Yo vengo de ver, Lope de Vega

Ya llegó la Navidad. Hagamos algo al respecto. Si puedes ayudar a alguien a tener menos frío, menos hambre, menos soledad, no esperes instrucciones. Tú sabes a quién y de qué manera lo puedes hacer. Esa es la mejor manera de celebrar estas fiestas.
De parte de todos los compañeros del taller literario Diezmo de Palabras, enviamos un enorme abrazo a nuestros lectores y nuestros mejores deseos de que estos días sean de paz, salud y amor. Les compartimos tres bellos cuentos para leer en familia. Vale.



WASY, EL FANTASMA DEL PIANO
Soco Uribe

El ratón Wasy se había empecinado en aprender a tocar el piano.  Y no sólo a tocarlo, sino a leer música y ejecutarlo magistralmente.  Inteligente, vivaz y muy pero muy persistente, comenzó su aprendizaje cuando escuchó al pequeño Frederic tocar el piano en la sala de música de la casa que, el inteligente roedor, eligió como su residencia.
En un principio, más que atraído por la música que el niño ejecutaba, el olor a pastel de chocolate fue lo que magnéticamente lo arrastró hasta ese lugar repleto de virtuosismo. Después, el sonido del piano lo cautivó y decidió quedarse a vivir junto al intérprete de ese instrumento de cuerdas percutidas.
Wasy inició sus estudios dentro de la caja de resonancia del aparato. Por instantes, se asomaba por una pequeña ranura de la tapa a observar cómo las pequeñas manos del niño tecleaban el enorme piano de cola.
Por las noches, se introducía en esa enorme caja de madera en cuyo interior se encontraba un laberinto repleto de alambres, cuerdas, tablas, puentes, barras, bastidores y una multitud de piezas. Sobre el teclado comenzaba a dar pequeños saltos entre tecla y tecla. Por más que practicaba, brincando de un lado a otro, no alcanzaba a respetar los tiempos de los compases.  Eso lo fatigaba de inmediato y, en consecuencia, su frustración era enorme.
Por otro lado, Frederic escuchaba desde su cama los sonidos que su piano emitía en soledad, sin aparente intérprete y a deshoras.  En las noches, el niño salía de su cama y bajaba las escaleras que conducían al salón donde el piano se encontraba tocando solo.  Sin miedo alguno, se asomaba por todos lados y creía que se trataba de algún sueño, de su imaginación o, en el último de los casos, de algún fantasma. La escena se repitió durante varias noches. En vano buscó al intruso nocturno sin dar con su paradero. 
Mientras tanto, Wasy continuaba con sus exhaustivas prácticas nocturnas, hasta que claudicó por cansancio. Entonces, tuvo una magnífica idea.  Se dio a la tarea de convocar a todos los roedores polacos con talento que amaran la música, para presentarse a una audición nocturna en su guarida.
A ese llamado llegaron cientos de ratones.  La residencia se infestó de esos escurridizos animalillos y, sin preámbulo, Wasy realizó una estratégica selección. El talento de todos debería de ser extraordinario para tener como resultado una coordinación perfecta.
Después de varias horas de prueba, selección y ensayo, Wasy se quedó con ochenta y ocho ratones de tamaño regular; cincuenta y dos blancos y treinta y seis negros, para que coincidieran con cada una de las teclas del piano. Además de cuatro ratones muy rechonchos para oprimir los pedales del instrumento, cuando así lo requiriera la melodía.
Durante meses y meses, todas las noches practicaron las melodías que el pequeño niño escribía e interpretaba durante el día. Hasta que una madrugada Frederic escuchó una de sus composiciones interpretada de la manera más genial que hubiese oído. La ejecución superaba a las de muchos otros, quienes lo querían igualar en todo Varsovia.  El niño quedó sorprendido y les hizo saber a sus papás de tan sorprendente hallazgo sonoro, pero éstos lo tomaron muy a la ligera. Pensaron que el niño necesitaba descansar o que tal vez su imaginación, como su maestría en la composición y ejecución musical, era tan  desbordante que el desvarío lo comenzaba a afectar.
A la siguiente noche, el pequeño niño saltó de su cama, bajó las escaleras que conducían a la sala y decidió averiguar si se trataba de un fantasma para preguntarle cómo podía tocar el piano tan maravillosamente y hacer algunos apuntes de lo que él espectro sabía, de sus secretos o de lo que podría servirle para mejorar su técnica.
Se dirigió al piano y en el momento en que se asomó al teclado vio cómo los ochenta y ocho ratones saltaron, en desbandada, hacia la guarida de Wasy.  Mientras que el valiente roedor, se sentó sobre las partituras, lo enfrentó y le dijo:
—¡Un momento, Frederic!, no les temas, todos ellos son mis amigos. Tampoco le vayas a contar a tus papás lo que has visto.  Nosotros sólo tratamos de igualar tu maestría, pero necesito a varios de mis compañeros para lograrla. Cada uno de ellos son como dedos que utilizo para desarrollar las obras que tú escribes. Además, tal vez hasta podamos ayudarte a mejorar tu técnica. Somos tan pequeños que hemos recorrido rincones de tu piano, a los que jamás podrías llegar.  Sabemos las claves de cómo funciona el instrumento y de cómo podrías mejorar el sonido de éste. Tú, sólo mantén en secreto la localización de nuestro refugio y prometo ayudarte a mejorar día con día.
Frederic jamás los delató y Wasy cumplió su promesa de cooperación. Fue así que el pequeño niño, siguió practicando con su maestro durante el día y por la noche con el roedor y sus compañeros músicos.
Debido a la gran lealtad que se tuvieron el uno al otro, su amistad se mantuvo intacta y cordial, hasta el día en que Wasy murió. Años más tarde, El pequeño virtuoso, Frederic Chopin, viajó a Viena donde emprendió una brillante carrera profesional. Finalmente, se mudó a París donde continuó sus estudios y alcanzó la gloria.

(Wasy, significa bigotes en idioma polaco).


FÁBULA DEL VENADO TITO
Patricia Ruiz Hernández

Un día, en el bosque, estaban reunidos los animales con el propósito de realizar un concurso de artes. Deseaban exhibir sus talentos y embellecer aún más su hermoso hábitat. Decidieron que el juez sería Goyo, el oso.
Yoli, la araña, muy diligente comenzó a tejer una enorme red, muy resistente, que brillaba al sol. Ella siempre se esmeraba en hilar con preciosos diseños, a todos encantaba con sus creaciones, y en ésta ocasión lo haría todavía mejor. Chuy, el pájaro carpintero, moviendo su penacho rojo, se posó en el  tronco de un árbol para hacer figuras con el pico. Su ayudante sería Toni, el espino. Sus púas serían de gran utilidad para apoyar el trabajo de Chuy; ambos formaban un gran equipo. Entretanto, Quique, el chimpancé, tomó tizas de un árbol carbonizado para dibujar sobre un tronco, pues era un excelente dibujante. Los pájaros, Lalo y Toño, tendrían a cargo el número musical, por lo que iniciaron los ensayos para la presentación a dúo. Sabían que su precioso canto deleitaría al grupo. Mientras, Nati, la rana, sería instructora de danza de sus compañeras y Pepe, el castor, puso dientes a la obra, tomando troncos para realizar con su poderosa dentadura una bella escultura.
Tito, el venado, llegó con un extraño artefacto que tomó de una aldea abandonada por el hombre. Su plan era adornarlo con diversos objetos. Sin embargo, los animales se burlaron de él.

—¡Ja, ja, ja!, ¡qué cosa tan fea!, parece un árbol seco, con esas ramas ridículas, ¡qué adefesio! ¡No he visto algo más horrible!  –dijo Chuy.
—No está hecho por ti, lo trajiste del mundo de los hombres  -exclamó Quique.
—¡Fuera, sáquenlo! –exclamaron  a coro algunos. 
Para resolver el problema, Goyo consultó a Paco, el búho, por ser el más sabio de todos los animales. Sus juicios siempre eran atinados. Una vez deliberado el asunto, comunicó su respuesta.
—A Tito se le permitirá participar. Algunos de ustedes toman de la naturaleza el material para sus obras y lo transforman, lo mismo hará él  -dijo el justo Goyo. Los animales tuvieran que acatar aquella decisión.
Tito se esmeró en su trabajo, colgando hojas, flores y muchos extraños objetos que traía de sus excursiones al mundo humano. Finalmente quedó una estructura multicolor.
El día del concurso se hicieron las presentaciones de aquellos artistas. Algunos se burlaron de Tito.
—¡Ja, ja, ja!, es un esperpento –dijo Quique.
-Ustedes no comprenden, a esto le llaman arte contemporáneo –lo defendió Pepe. 
—No hagas caso, Tito. Algunos si apreciamos la estética y la originalidad de tu obra –dijo Lalo.
—Sí, no hagas caso –afirmó Toño-, te apoyamos.
Al final, el concurso lo ganó Pepe con su maravillosa escultura, todos aplaudieron con gusto, reconociendo la belleza de su obra.
Esa noche, comenzó una gran tormenta, los animales corrieron a protegerse a sus madrigueras. Los relámpagos iluminaban la negrura del bosque, las madres abrazaban a sus temblorosos pequeños y todos temían que la tempestad destruyera su hogar. Entonces, el cielo se iluminó y un gran estruendo se escuchó al caer un rayo sobre la obra de Tito, que resultó ser un pararrayos. A la mañana siguiente, cuando la tormenta pasó, pudieron darse cuenta que aquella estructura evitó que se dañara el lugar.  Así, aprendieron la importancia que tiene el respeto y la tolerancia hacia el trabajo de los demás.



MENSAJE
Lalo Vázquez G.

Junto con la primavera, muy temprano llego a mi ventana un pajarito. Aferrado al marco de la ventana, tocaba con su pico sobre el vidrio. Era tanta su insistencia que salí de mi cama y, al asomarme, esa maravillosa ave tan pequeña,  entonó un delicioso gorjeo que me dejó realmente asombrado. Creí que al verme cerca de la ventana se espantaría y huiría, pero todo lo contrario, sentí que venía directamente a cantarme o como si con su canto me estuviera diciendo algo. Voló a la barda de enfrente y se fue.
Al día siguiente, a la misma hora, puntual, regresó el pajarito y de nuevo picó sobre el vidrio. Al hacerlo dejaba una manchita muy tenue que apenas se percibía. De pronto empecé a dudar que fuera el mismo pajarito, como son muy comunes... Era el mismo pajarito, no había la menor duda. Me quedé observándolo fijamente: tenía su pecho y parte de su cabecita un color amarillo limón pero muy suave, y sus alas tenían plumas negras y en las puntas una manchita blanca. Sus ojitos eran muy pizpiretos y las plumas de su colita eran totalmente de color gris. Al abrir la ventana, el pajarito cantaba tan bello que parecía como si me quisiera decir algo.  Extendí mi mano abierta y se posó en ella, me tocó la palma con su piquito como si hubiera sido un beso, para luego volar y desaparecer.
Así transcurrieron varios días, tantos, que la mancha del vidrio se hizo más grande. Se había convertido en rutina que el pajarito llegara a despertarme todas las mañanas.
De pronto, un día no llegó. Pero no le tomé mucha importancia ya que yo mismo me echaba la culpa, porque tal vez me quedé dormido y no lo escuché. Al segundo día tampoco apareció y al tercero, nada. Estaba seguro de que en algún  momento  ya no iba a regresar y eso era lo que estaba pasando.
Al comentarle a una vecina -una señora de edad-  lo que pasaba con mi tempranero amigo, el pajarito, o pajarita tal vez, me decía que a veces el alma de alguna persona querida que ya falleció, se hace presente en algún animalito y que, probablemente, esa sería la señal para transmitir algún mensaje.
 —Fíjate bien por donde andaba ese pajarito y tal vez encuentres algo  –me dijo.
Rápidamente recordé que el pajarito todos los días picaba el cristal de la ventana y fui a ver. Grande fue mi sorpresa, al ver el sitio donde  picaba el pajarito. Justo ahí, donde fue creciendo la  mancha, ahora tenía forma de un corazón y debajo, estaba escrito mi nombre.


*Textos publicados en El Sol del Bajío, Celaya, Gto.