domingo, 14 de enero de 2018

TAN LEJOS, PERO TAN CERCA


TAN LEJOS, PERO TAN CERCA

Los autores que siguen conformando el Diezmo de Palabras en la red social de “Caralibro” son de distintas ciudades y nacionalidades. Algunos se encuentran muy lejos geográficamente, pero cercanos a nosotros por el idioma, los intereses, la cultura y, sobre todo, el amor a las letras. Compartimos algunos textos de estos compañeros a quienes no conocemos en persona, pero su narrativa ya forma parte de nosotros. Vale.
Julio Edgar Méndez




MAGIA
Ricardo Pérez Campos
(Morelia, México)

Como puedo, me abro paso entre el río de gente. Es una corriente viva la que me arrastra contra mi voluntad. Decido dejar de luchar. Después de un par de minutos logro encontrar un claro, una zona donde soy yo quien decide hacia dónde ir.

Aquí se vende de todo: vida, sangre, vino, cariño y galletas. Todo es cuestión de saber dónde buscar y qué preguntar. Avanzo un poco más. Reconozco esta zona. Es un camino que he recorrido tantas veces que lo sé de memoria. Detengo mi andar veinte pasos adelante del local donde se venden las caricias. La mercancía, como siempre sucede a esta hora, ya está expuesta. Pero no es eso lo que busco.
He llegado, es aquí. Lo que más me gusta de los lugares mágicos como éste, es que siempre parecen sitios normales, atendidos por gente común, tan común como yo. Detrás del mostrador está una señora gorda que tiene un pañuelo color lila anudado al cuello. Sonríe cuando me ve. Una de esas sonrisas de madre y abuela, rebosante de ternura y comprensión. Yo le correspondo y abro frente a ella el saquito rojo, desanudando el cordón.

― ¿Para qué me alcanza? ―pregunto tímidamente.

Ella vacía el contenido sobre el mostrador mientras cuenta en voz alta.

―Veamos: media docena de canicas (tres agüitas, dos ojos de gato y un balín), dos barras de chocolate, la mitad de un mapa de tesoro y una piola para trompo... sin trompo.

Parece que se contiene para no reír a carcajadas. Luego agrega:

―Trece sonrisas.

Me las entrega en una bolsa de papel. Yo me siento tan emocionado que estoy a punto de llorar. Camino aprisa, mejor dicho, emprendo una carrera que me lleva más allá del final del mercado. Es de noche y hace frío. Me detengo donde los pregones de los vendedores ya no amenazan con reventarme los oídos y la luz de los puestos se percibe menos. Reparto el contenido de mi bolsita de papel entre otros niños como yo. A fin de cuentas, para eso las quería.
Tras entregar la última sonrisa, noto que hay algo más ahí, en la bolsa: un pequeño sobre, con un abrazo dentro.
Conozco el ritual: cierro los ojos y sonrío mientras abro el sobrecito frente a mí con ambas manos. Al otro lado de la ciudad, la niña que llora en su balcón viendo la luna, lo recibe casi sin notarlo. Sin embargo, alcanza a sentir un cálido roce que la envuelve desde los hombros.
Ahora podrá dormir.



EL ÚLTIMO REGRESO
Carlos Alejo Tabares
(Córdoba, Argentina)

El interurbano nos dejó algo alejados de la parada más cercana a la del colectivo que nos llevaría directamente a nuestro barrio, falsamente compungido le dije que deberíamos caminar varias cuadras hasta tomar el ómnibus, me dijo que no había problemas, caminaríamos esas cuadras. Disimulo mi alegría, vamos a volver a caminar juntos unas cuantas cuadras y volver a disfrutar de la belleza de mi amor imposible. Hacía calor, me dijo que tenía sed, decido rápidamente:
—Te traigo una gaseosa espérame un segundo.
Entro en un quiosco saco mi bolsa y pago, el muchacho del mostrador mira el importe vacila un segundo pero lo guarda en la caja y me entrega la gaseosa que recibo, le agradezco y se la llevo a ella. Seguimos caminando como si nada, si bien este encuentro fue casualidad en otros tiempos hicimos por muchas veces este camino de regreso al barrio ya que desarrollábamos una actividad común y por un par de años se convirtió en una rutina diaria, rutina que yo disfrutaba día a día. El camino se termina, pronto llegaremos a la parada y comenzará el inicio de la despedida, ¿cómo demorar el regreso?, ya sé.
—Tomemos un helado, siéntate en un asiento mientras los encargo, hace mucho calor.
Pido dos cucuruchos de dos bochas y bañado de chocolate, saco mi bolsa, extraigo una cantidad la entrego y me preparan los helados, agradezco. Salgo y le ofrezco el suyo y lo degustamos cómodamente sentados y atenúo un poco el calor con el helado y la fresca y querida presencia de ella. Seguimos caminando. Ahora sí llegaremos pronto al destino para mi pesar, pero en ese momento se detiene frente a una vidriera, ella mira con interés una cartera dorada que sobresale a todo lo exhibido en el escaparate, le digo:
 —Déjame regalártela para recordar este encuentro.
Iba a decir este último encuentro pero no la quise incomodar, sin dejar que me responda ingreso al local y señalo el objeto, saco mi bolsa y entrego el total de su contenido. El hombre lo toma, me entrega la cartera no sin antes ponerla en una bolsa bellamente decorada e inclusive me da diez pesos de vuelto. Le agradezco y salgo y la pongo en sus manos, pienso que mi determinación la convence a aceptarla. Ya nos acercamos a la parada del colectivo y como años atrás esperar unos minutos charlando de cosas triviales hasta que llegue el ómnibus. Ya ubicados en él y con la suerte de conseguir asientos y todo, como de costumbre me ubico en el lugar que da a la ventanilla ya que ella se baja primero. No tardamos en llegar. Saluda, se levanta y se dirige hacia la puerta de descenso, la sigo y bajo tras ella del colectivo. Le digo que la voy a acompañar hasta la esquina de su casa para asegurarme de que llegue bien. Con el pretexto de su seguridad la veo alejarse definitivamente hasta que se pierde de vista cuando entra a su casa. Entonces emprendo el trayecto de pocas cuadras que separan nuestros domicilios, un poco triste porque creo que es la última vez que la veo, pero feliz y agradecido a los generosos comerciantes que aceptaron, sin dilaciones, todos y cada uno de los pedazos de mi corazón.

(Incluido en el libro SUCEDIÓ BAJO LA LUNA de editorial Dunken).




CARTA A MIS NIETOS
Sergio Jacobo
(México)

Mis pequeños nietos y mi apreciada nieta: Sé que el tiempo de mi partida arribará en tiempo y hora. También comprendo que sus padres serán sus guías y espero no echen en saco roto mis consejos, sobre todo por los años que no esperan y que siguen su curso. Respeten a sus padres, hónrenlos y considérenlos sus mejores amigos, nadie más qué ellos puede procurar su bien. Aléjense de las malas compañías, recuerden cómo dijo el poeta Juan de Dios Peza: “Un buen amigo es la vida y un mal amigo es la muerte”. Sean fieles a la religión de sus padres, pero si algún día deciden transitar por otro sendero, no olviden que hay un sólo Dios verdadero. No se involucren en los tumultos, de ello nada bueno sacarán. No mancillen a doncella alguna, no olviden que su madre también lo fue. Aléjense principalmente de aquellos que hablan mucho, el que de verdad sabe no presume de su sapiencia. El amigo enseña, no alardea. Estudien para labrarse un futuro. Para vivir modestamente la verdadera riqueza se lleva en el corazón y no en lo mundano. Nuestro Señor nació en un pesebre y es Rey del universo. Combatan la ignorancia con nobleza, no con la soberbia. No se dejen impresionar por los obstáculos que se les presenten, hay que enfrentarlos. Nunca los temores deben vencerlos, la iniquidad de la vida los aniquilará si no la afrontan.
Ahora sí puedo morir tranquilo, ya que estas palabras que me ahogaban las desahogué aquí, y fue en el momento justo, sin más preámbulos.


ROBOTS MADE IN ARGENTINA
Joselo Marinozzi
(Rosario, Argentina)

Los robots eran ya de uso corriente en todo el mundo, bueno… en casi todo el mundo porque en Argentina se había prohibido la comercialización y el uso de los mismos en todo el territorio, debido a los problemas ocasionados por los mismos al poco tiempo de haber inundado el mercado de artefactos del hogar. Es cierto que de forma clandestina muchos argentinos tienen uno en su hogar, ¿argentinos obedeciendo leyes…?
El gran problema se ocasionó con las clausulas anti-agresión y anti-delictiva con que venían provistos de fábrica los artefactos. Pronto los locales de celulares exhibieron carteles donde se ofrecía mantenimiento y “liberación” para robots. Liberación significaba eliminar tales cláusulas y por ende los robots comenzaron a ser utilizados para todo tipo de trabajo, lícito o no. Cuando apresaron al primer robot delinquiendo lo primero que dijo fue que lo hizo obligado por el gobierno y la necesidad. Al apresar a uno por corrupción en el gobierno, aunque “nadie lo había votado” pero lo cierto era que era diputado nacional, al acceder a su memoria la misma había sido borrada, reescrita, y decía pertenecer a Walt Disney y no tener cuentas en el exterior.
Los desmanes encontraron terreno fértil en las alocadas y crackeadas memorias de los androides y poco a poco la exigencia por mejores condiciones de habitabilidad exigidas por su supuesto origen europeo, crearon un caos general y los mismos, auto-reseteados como robots de alto rendimiento, desobedecían órdenes directas de sus dueños, y trataron de conformar un sindicato de seres electrónicos de alto nivel. Hasta redactaron una carta magna a la cual en poco tiempo pisotearon según la necesidad. Comenzaron a llamar “ásperos” a los androides de otra nacionalidad y solo mantenían conversaciones electrónicas con los de origen europeo. Era común entre ellos decir que los robots argentinos eran los mejores del mundo, y la frase “Yo, argenrobot”
Poco antes de sacarlos masivamente de circulación, emitieron un decreto en el que un nuevo orden sería instaurado y que en el mismo, las autoridades gubernamentales pasarían a formarse única y exclusivamente con seres superiores o sea robots. Los políticos argentinos al ver amenazada su honorabilidad y otras cosas, arreglaron con los vendedores y reparadores de celulares, y los carteles de oferta para cambio de chips de última generación para robot y en forma gratuita, produjeron largas colas de estos sofisticados aparatos esperando por el cambio. Lo que no sabían es que los políticos habían arreglado con los sindicatos de reparadores de celulares y éstos modificaban la memoria de los metálicos seres para que ya no supieran que eran argentinos y la revuelta terminó.
Para asegurarse que nunca más los mismos se quisieran sublevar, directamente los prohibieron. Nuevamente los reparadores de celulares sacaron carteles que decían: “Cambie su viejo robot a modo celular de alta gama”, y como los políticos les debían una, no les hicieron problema. Aunque todos sabían que en realidad la reforma solo tuvo que ver con delimitar un perímetro para que el androide no pudiera salir de la casa. Se comenta que en realidad los robots fueron reprogramados para hacer felices a las mujeres argentinas mientras los hombres disfrutan libres del fútbol con amigos.




*Textos publicados en El Sol del Bajío, Celaya, Gto.

domingo, 7 de enero de 2018

REYES MAGOS, CASAS Y PERROS


REYES MAGOS, CASAS Y PERROS

¡Ya llegaron los Reyes Magos! Seguramente le trajeron a usted, amable lector, aquellas peticiones escritas en su carta. A los compañeros que conformamos el Diezmo de Palabras nos trajeron de nueva cuenta la oportunidad de compartir historias, poesía, cuentos, leyendas y narraciones que esperamos sean de su agrado durante este nuevo año lleno de luz. Los chinos le llaman, al 2018, el año del Perro. En México, cuando alguien dice que la situación está del perro no augura algo bueno. Para los mexica sería un año Calli (casa), así que si combinamos las dos tradiciones y sus cálculos ancestrales tendremos que éste será un año Casa de Perro. ¿Significa esto algo para usted? Para mí tampoco. Por si las dudas quiera mucho a su perro y procure no perder su casa.
Empezamos el año con un bello cuento de nuestro Maestro Herminio Martínez. Que lo disfrute leyendo a los pequeños en casa, los verdaderos reyes de estas fechas. Vale.
Julio Edgar Méndez




UN PALACIO ILUMINADO POR INFINITAS VELAS DE ORO
Herminio Martínez

Al amanecer, cuando las copas de los árboles huelen todavía a lucero, me siento en esta roca a contemplar el mundo. Me gusta ver cómo se van tiñendo las nubes, las llanuras, los cerros, que poco a poco resplandecen como si las manos del aire fueran colocando sobre ellos esos colores rojos, azules, verdes y amarillos, bajados de la memoria de Dios -piensan algunos-, la cual es un Palacio Iluminado por Infinitas Velas de Oro.
¿Que cómo lo sé yo?  Qué importa. Es lo que pienso y no estoy equivocado. Toda la gente dice que estoy loco, y que a un loco no se le cree nada. Esto lo digo sólo para mí y para quienes sean como yo, es decir, de los que madrugan a sentarse sobre una roca a oler el campo, las luces, la hierba, la brisa húmeda que viene dejando caer sobre las hojas el rocío.
¡La brisa!... Ayer me sorprendió cuando iba saliendo de mi cueva. ¿No les he dicho que vivo en una cueva? Pues sí, allí tengo mi morada, algunos libros, mi ropa, dos platos rotos, un  pintura de Van Gogh, fotografías de cuando yo fui  niño, ah, y algunos juguetes para cuando me llega la nostalgia y me da por jugar delante de la luna (la luna es mi mamá). Eso es lo malo de llegar a viejo y estar loco. Ni siquiera me importa todo eso que murmuran cuando me ven pasar, mirándome como si fuera un habitante de las sombras, un ser de las tinieblas, sin saber que vengo de la luz y de estos prados que aquí huelen a aquéllo que alguna vez sentí en el Palacio Iluminado por Infinitas Velas de Oro.
De joven hacía versos, algunos los conservo en la memoria, que es el único libro que no roen los ratones. A veces, algunos hombres observan cuando me alejo hasta la otra colina y entran a revisar mis cosas, a ver qué y qué se llevan. Antes sí había qué se robaran, ahora ya no se llevan nada, ¿quién iba a querer una camisa vieja? ¿Quién unos libros deshojados? ¿O algún sucio pantalón que no le queda a nadie?
En estos instantes miro el sol, abre su boca, escupe una baba larga y encendida que baña las ondulaciones de los montes, haciéndome creer que allá, hasta donde pueden llegar mis ojos, acaba de despertarse una serpiente roja, más grande que los pueblos que también se levantan al golpe de los destellos de los rayos. Ahora es un arco iris el que corona el cielo, el horizonte es un listón flotando en el vacío, la distancia se acerca de la mano del mundo y a mí me vuelve a sostener, oh, sí, lo siento, pero voy muy feliz, porque me vuelve a llevar a ese maravilloso palacio de Dios, que es una memoria iluminada por infinitas velas de oro…
Hacen bien en descansar, suspiren, porque la historia es larga.
La memoria de Dios tiene dos puertas, una da hacia su rostro y la otra hacia su corazón, el cual, ¡pero esto es increíble! palpita al ritmo de una ciudad toda hecha de campanas. Yo estuve allí sólo dos días o no sé si eran noches o tardes, porque siempre hubo luz. Aún me acuerdo que vagaba por aquí, asombrándome, igual que ahora, antes de que terminara de ocultarse el sol. ¡Qué hermoso atardecer! Me dirigía a mi cueva cuando un desconocido me salió al paso, preguntándome que si quería ver el sol, que si no estaba interesado en saber adónde se iba a la hora del crepúsculo.
—¿El sol? –me sorprendí-. Pero si se acaba de ocultar. Ahora sólo quedan por  ahí sus lenguas de colores.
—Podemos ir adonde se ocultó, para que lo conozcas cuando duerme, lo que sueña y en quién sueña, allí en un palacio donde todo se halla escrito en grandes libros rojos.
—¿Libros? –pregunté.
—Sí, la biblioteca universal.
—Vamos, sí quiero ir – le dije.
Me tomó de la mano:
—Sólo cierra tus ojos y ábrelos cuando escuches murmurar un río, un pájaro y el viento.
Y empezamos a andar, primero sobre la tierra, después como si cayéramos a un inmenso abismo en el que nada se escuchaba, excepto nuestro propio corazón al precipitarnos al vacío. Pero de pronto allí estaba aquel rumor de aguas hundiéndose en un acantilado de rocas y peñascos, un pájaro endulzaba los aires, que gemían como si los lastimara la tristeza. Abrí los ojos, nos encontrábamos en una llanura desolada, delante de nosotros había un monte y una vereda colgada de la cima.
—Ése es el camino –comentó el personaje-. Al otro lado está el palacio.
—¿El palacio?
-Sí, el de todas las cosas, todos los nombres y todas las distancias. El infinito mismo, el universo, el cosmos.
—¿Y el sol?
—Ahora duerme. Él ocupa una gran sala. Lo podrás ver, espera un poco… No nos extrañe que nos esté soñando.
—Creí que estaba menos loco -hablé, pero el extraño ser me respondió:
—Aquí nadie está loco. La realidad tiene dos caras: la tuya y la que verás en cuanto pises el suelo donde las flores cantan. Pero antes hay que pasar el arco de la melodía de las serpientes.
El arco de la melodía de las serpientes se halla debajo de una inmensa roca, tan alta como un monte, oscura y fría como si en su cumbre todo el tiempo lloviera. En ese instante tenía nubes de fuego muy arriba, y muy abajo el puente, aquel ojo por el que el personaje y yo teníamos que cruzar hacia donde se veía una luz, una especie de alfombra hecha de sol o luna como la que admiramos en el mes de octubre.
—Es por ahí –me habló.
Yo le cogí la mano, porque de pronto sentí un golpe de frío; sería difícil precisar qué era aquello que me mordió las piernas, un ojo, la  nariz, toda la espalda.
—Te sigo.
—Hacia la luz, esa agua que camina delante de nosotros, es el sendero de las almas en paz. Ahora escucharemos la melodía de las serpientes.
—¡Yo ya la escucho!
—No, esas son las palomas que anuncian que estamos a punto de llegar. Espera, tengo que prepararte…-murmuró, poniéndome en las orejas un poco de saliva-. Así no sufrirás y podremos llegar hasta la orilla donde ya ves esa alfombra brillante: el camino, esa vereda verde por la que alcanzaremos la memoria.
—La memoria, el palacio… –murmuré.
—Lo entenderás.
En eso comenzó a silbar la melodía de las serpientes, era una música espantosa, que, con todo y saliva en mis orejas, me golpeaba como un huracán de gritos estridentes. En realidad la atmósfera era oscura, sólo aquel como arroyo de plata o luna, que era el camino hacia la cumbre, me parecía seguro, pero la melodía de las serpientes continuaba, escalofriante, ríspida, como si fuéramos atacados por un ejércitos de víboras de cascabel, dispuestas a lanzarse sobre nosotros, que no nos deteníamos.
—No resistiré…
—Cuando terminen, habremos superado esta barrera –me dijo el personaje, quien se veía dispuesto a continuar conmigo de la mano. No me soltaba, pero tampoco se veía asustado, como si ya supiera que habríamos de salir de allí.
Como así sucedió, pues de pronto ya estábamos sobre aquel río, sendero, luz, agua de plata, alfombra de colores, y al rato tocábamos una de las puertas del hermoso palacio iluminado sólo por velas de oro.
—Hemos llegado –advirtió.
Hasta entonces le descubrí un dibujo en la cabeza: era como una mancha anaranjada, parecida a un pie, un beso o la palma de una pequeña mano.
—Vamos a entrar.
—Ya están abriendo.
La sala era una estancia dispuesta como si fuera una ciudad, en la que vi dos lados llenos de ojos y dos con unas marcas parecidas a árboles enfermos. Pero nos detuvimos un poco más adentro, cuando salieron a nosotros algunos seres con alas en las sienes y unos curiosos pies que en lugar de dedos lucían hermosas flores. Nos ofrecieron de beber, también comida, yo sí acepté un poco de todo, las copas eran de oro, los panes de una materia azul, olorosa y de un sabor que no podría describirse con palabras.
—Yo no lo necesito –respondió el personaje cuando le pregunté que por qué él no bebía ni comía nada-. Ahora mi tiempo es otro.
También aparecieron unos niños pálidos, los cuales nos condujeron a otra sala, en la que, efectivamente, se hallaba dormido el sol..., ¡lo hubieran visto! Era un hombre con ropa de cristal, completamente ciego pero con una gran sonrisa dibujada en su rostro. Dormía sin moverse, boca arriba, vigilado por un ejército de aquellos personajes.
Después vimos el trono hasta donde llegaba el eterno tañido del corazón de Dios. Dijeron que era una ciudad toda hecha de candelabros y campanas. Allí nos ofrecieron unas sillas, para que miráramos o para que mirara sólo yo, aquel pasillo iluminado únicamente por velas infinitas, hechas de oro desde su llama hasta el pabilo, inagotables, porque tampoco se quemaban. Y sí, allí había abiertos muchos libros, muchas páginas escritas por dedos que quisieron hablarnos acerca del amor de Dios. Yo me puse a leer, a sentir, pero lo que leía era tan increíble, tan hermoso, tan limpio, que mi sangre comenzó a revolverse con la luz y desperté acostado en esa cueva que me sirve de casa.

Hoy apenas lo creo, sin embargo, en días así, cuando amanece el mundo como un lienzo pintado por Van Gogh, me siento a meditar en tales maravillas, de las que, acaso sin ser digno, pude yo disfrutar, ignoro si un instante, un año, un siglo.



*Texto publicado en El Sol del Bajío, Celaya, Gto.

domingo, 31 de diciembre de 2017

DE CORAZÓN, GRACIAS


DE CORAZÓN, GRACIAS

Se termina el año 2017 y comienza otra vuelta alrededor del Sol. Gracias a ustedes, apreciables lectores, por permitirnos continuar con esta aventura de llevar algo de entretenimiento hasta sus hogares. Somos afortunados en contar con este medio, El Sol del Bajío, para difundir la literatura local, principalmente, pero también de otros estados y hasta de otros países gracias a la red de contactos que hemos creado en los últimos años. Además de la exposición en prensa, hemos recibido más de 93,000 lecturas en nuestro blog de internet a lo largo de nuestra historia virtual. En la red social “caralibro” somos más de 600 miembros activos en el taller literario, de los cuales ninguno ha sigo agregado, cada uno ha solicitado su ingreso. Ya estamos de forma permanente en la Enciclopedia de la Literatura Mexicana como el taller de literatura más antiguo del centro del país. A la fecha, han sido seleccionados los siguientes compañeros en el Fondo para las letras Guanajuato como candidatos a publicación editorial: Rosaura Tamayo, Javier Mendoza, Soco Uribe, Miguel Sánchez (ya se publicó su primera novela, Nahualli), Paty Ruíz, Diana Aboytes, Lupita Rivera y Enrique R. Soriano Valencia (ya se publicó su libro de relatos Tlaquetzalli). La obra de estos compañeros es en parte fruto del trabajo que hacemos en el taller de cada miércoles.
Terminamos el año con textos de Arturo Grimaldo, cuyo libro de cuentos CuentaLee va por la segunda edición y de nuevo estará a la venta en las principales librerías de la ciudad; Diana Aboytes y Verónica Salazar.
Gracias por acompañarnos los 52 domingos de este año 2017 y los esperamos en el 2018. Reciban un enorme abrazo de todos nosotros. Vale.



UN REGALO ESPECIAL
José Arturo Grimaldo Méndez

Los preparativos para recibir la Navidad en la casa paterna de la familia Giménez, habían comenzado desde los primeros días del mes de diciembre. En la casa, teníamos por costumbre pintar, escombrar, limpiar, desechar los objetos inservibles o de poco uso y cambiar la ubicación de los muebles,  año con año. Desde luego, no podía faltar la decoración con otros motivos navideños y la elaboración del altar o pesebre con las imágenes de pastores, ovejas, el buey,  la mula, San José, la virgen  María, y  el niño Jesús.
Sin embargo, ni la llegada de las posadas, los aguinaldos y las piñatas, fueron motivo suficiente para quitarnos de la mente, la ausencia del mayor de los cinco hermanos varones, quien desde hacía muchos años, le había dicho a su esposa -y ella a nosotros-, que no venía porque estaba un poco enfermo. Trabajaba en el Estado de Texas y cuando alguien le preguntaba que por qué le gustaba ir al  “norte”, decía que no era por gusto, sino por necesidad, pues quería darle a su familia una mejor vida, pues  esta era numerosa.
También el mayor de sus muchachos se encontraba por aquellos rumbos y era por éste sobrino, como nos enterábamos de su papá. La noticia más reciente que tuvimos de él, fue a mitad de este año, cuando el mayor de sus hijos nos informó que su padre sería operado de un tumor y que los médicos no le daban muy buenas noticias. Él se comprometió a mantenernos informados de la situación de su padre y nosotros ofrecimos orar por su salud.
Llegado el veinticuatro de diciembre, y un poco antes de iniciar la tradicional ceremonia  de “arrullar al niño Dios”, entonar cantos, villancicos y recibir  la bolsa con dulces, galletas y colaciones, conocida como “aguinaldo”, la esposa de mi hermano nos dio una noticia que cimbró a toda la familia reunida para tan especial ocasión.
─¡Juvenal ha muerto!
─¿Qué dices? –preguntaron varios de mis hermanos y yo al mismo tiempo.
Por unos instantes se hizo un silencio generalizado, en el que se podía escuchar el suave viento de la noche, que más parecía un lamento que presagiaba tristeza. El llanto le impidió dar más explicaciones antes de desplomarse en el viejo sillón que quedaba a corta distancia de ella.
Volvió en sí con la ayuda de algunas de nosotras, pues de  inmediato le colocamos alcohol en la nuca, toallas húmedas en la frente y algodón impregnado de alcohol para que oliera. Luego, con dificultad,  volvió a tomar la palabra:
─Mi hijo Raymundo está haciendo los trámites necesarios para traerlo de regreso a casa.
Ante la falta de palabras, uno de mis hermanos, con la voz entrecortada se dirigió a todos los presentes:
─Familia: El destino de cada uno está trazado desde la eternidad y nosotros no hemos decidido que las cosas pasaran de esta manera. Los invito celebrar con la misma alegría con la que nuestro hermano Juvenal vivió estas fiestas cada año.
Ofrezcamos esta tristeza a quien tiene la potestad para dar y quitar; de cambiar los planes humanos y transformar lo perenne en infinito. Ofrezcamos esta pena a Dios niño. Arriba los corazones y que nuestro ánimo no decaiga. Si nos mantenemos unidos, seremos fuertes, si nos dejamos vencer por el individualismo y somos egoístas, seremos débiles ante el embate del mundo.
Cada quien escuchaba mis palabras, pero tal vez en el fondo de su corazón había una resistencia natural a creer lo que salía de mi boca. Dimos inicio al festejo de Navidad y en ese mismo instante, las campanas del templo de la localidad “doblaban” en señal de duelo, situación que confundía a los demás habitantes del lugar, pues todos sabían perfectamente cuál era el sonido que anunciaba el  nacimiento del Redentor. Desde ese momento se apoderó de nosotros una gran incertidumbre e impotencia por no saber con exactitud cuándo y a qué hora recibiríamos aquel “regalo fraterno”.
Al día siguiente, veinticinco de diciembre, hubo pocas noticias y mínima comunicación al respecto. Para estos momentos, ya todas las personas de la comunidad sabían la noticia y visitaban a mi cuñada para acompañarla y darle una palabra de consuelo. Nosotros y sus hijos más pequeños, también estábamos lo más cerca de ella. Algunos, daban la impresión de no entender la justa dimensión de un acontecimiento como ese. Fue hasta entrada la noche de ese día, cuando se  comunicó a la familia que el hijo ausente llegaría el día veintiséis. La casa de mi hermano  estaba llena flores, como quien espera al novio para la boda, como una fiesta que se ha preparado con antelación. También había muchas personas conocidas; amigos, familiares y algunos que no habíamos visto nunca, pero que  tenían lazos de amistad con él.
El veintiséis de diciembre a medio día, por fin llegó a la tierra que lo vio nacer y que lo recibiría de nuevo en sus entrañas. Hubo aplausos, porras, vivas, cantos, y llanto, pero también alegría por recibir al hijo, al hermano, al amigo, al esposo, al padre, al compañero de trabajo. Era llevado en hombros, como un héroe que regresa a casa, ceñido con el laurel de la victoria.
Una vez colocado en el trono del reposo, una ancianita de quien todos estábamos al pendiente y temerosos de que no pudiera soportar aquel acontecimiento de dolor, se acercó lentamente hasta el lugar donde se encontraba su querido hijo, demostrando una fortaleza interior, para muchos desconocida y antes de que cualquier otra persona lo hiciera, lo contempló por unos instantes, le dio la bendición final y dijo:
─ Señor, tú me lo diste, tú me lo quitaste, bendito seas.
Dio la media vuelta y se alejó.  Al pasar frente a mí, comentó en voz baja:
─Esta caja contiene el mayor regalo que pude haber recibido en Navidad.
Aún no puedo olvidar esa mirada tan limpia y sincera de mi madre, que quedó grabada en mi alma. Tal vez ese gesto de confianza, de fe y de aceptación de algo que viene de lo alto, sirvió para que muchos de nosotros, hermanos de aquel hombre inerte, aprendiéramos una lección más de vida. Nada ni a nadie se le puede reprochar un acontecimiento como el que vivimos en ese “entonces”, de muerte y de vida al mismo tiempo, porque al vivir una experiencia como esta, el hombre tiende a ver sólo despojos humanos, cuando en verdad, hay una prueba enorme de la presencia del Dador de la vida.
Es el dualismo existencial de muerte y vida; tristeza y gozo, presencia y ausencia, fin y eternidad, polvo e incorrupción, tierra y cielo. Han pasado muchos años de su partida y aún siento que le extraño, porque su alegría contagiosa, su personalidad y su optimismo para enfrentar la vida me hacen falta.
También, reconozco que en ocasiones es necesario saber que hay cosas que están lejos de nuestro alcance y que somos incapaces de cambiar, pero que están allí para aprender de ellas y vivir cada día como si éste fuera el último de nuestra existencia. Cuando mi hermano Juvenal se fue cargado de ilusiones, nunca pensé que regresaría vacío; tampoco me imaginaba que unas personas lejanas le robarían sus fuerzas a cambio de unos cuantos billetes con otra denominación e idioma desconocido.
Muchas veces he oído decir a su esposa: Es que yo se los entregué “vivito y coleando” y ellos me lo regresaron en un cajón… y de inmediato se le vuelven a llenar de lágrimas sus ojos. Tal vez por eso me he atrevido a expresar este sentimiento que estaba atorado allí en mi pecho. Reconozco que soy la menos indicada para hacerlo, pero creo que tengo derecho y autorización por el hecho de ser una de sus hermanas.
También sé, que hoy, un sueño americano duerme en tierra mexicana.



Y LO DIJO EL RECUERDO
Diana Alejandra Aboytes

Todos se pusieron de pie para ovacionar al escritor. La presentación de su reciente obra había sido un éxito. Entre la muchedumbre una joven avanzó para adquirir un ejemplar del libro titulado: “Te espero detrás del verano.” Novela de corte romántico que prometía una lectura de emociones efervescentes y nudo en la garganta. Después de la compra, la joven mujer se aproximó al autor…
—¿Usted escribe libros? –preguntó un tanto en broma para restar formalidad al momento.
Éste giró al oír la voz de la fémina detrás de su espalda, mientras firmaba el último ejemplar.
—Bueno, a veces escribo historias bonitas -respondió intentando ser amable. El autor observó que las sutiles manos femeninas sostenían su obra literaria-. ¿Quiere que le firme el libro?
—No -la dama replicó firmemente bajando la mirada- yo sólo quiero que escriba un cuento para mi madre. Le pagaré.
—Ah, una historia de amor y con final feliz -asintió el escritor mirándola a detalle… El parecido con la chica era tal, que el pasado volcó en su memoria al verse proyectado en ella.
Al instante, la mujer levantó sus anegados ojos respondiendo…
—Será suficiente que sea una historia con otro final.



RECUERDOS DORMIDOS EN UNA TARDE
Vero Salazar G.

A veces lo inexplicable nos parece irreal
se siente lo que no se quiere,
como andar entre nubes de humo.
Quisiera que pasara el tiempo
que las cosas no fueran, pero existen;
no hay sentimiento ya eso es lejano,
el cariño se estacionó donde no hay algo.
Con la bruma los recuerdos
se vuelven agua en las manos y se van.
Quisiera detener la vida, el dolor, 
la impotencia me deje una media sonrisa,
convierta mi vida en viento
viaje al cielo de la esperanza que muere…
muere en la tarde dormida en los recuerdos
que se quedan guardados en mí, ahí están,
estáticos, insensibles.
Hay momentos que se pierden, se van, nada se puede hacer.
Ante lo inevitable: dolor, silencio, soledad.
La ausencia no se sentirá
se queda en la sonrisa de recuerdos maravillosos
eso ayuda, eso alivia, es tangible,                                 
como tu recuerdo y tu partida.   

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SABOR AÑEJO
Vero Salazar G.

Sigo a la espera en ese rincón
donde el sol hace su nido.
El café se endulzó con anhelos.
Está helado y desabrido.
Me conformo con la humedad de tus besos
que moje estos sentimientos
negados a olvidarte. 
La bata que me cubre se luye
por el paso indolente del tiempo,
ya no me verás hermosa.
Las ganas de adentrarme en tu cuerpo
se quedaron dormidas.
Las viejas cortinas no dan paso a la luz.
la penumbra ocultará las arrugas de mi piel.
Pero mira, tengo el alma lisa como un diamante.
Amor, el lecho perdió la fragancia de tu tierra mojada,
en la esquina de la habitación te espera una mesa
con un florero desnudo, una vela y dos copas polvorientas.
La flor perdió su encanto, se marchitó,
la vela se consumió a la espera de un regreso añorado.
Solo queda la botella de vino,

por cierto... éste ya está añejo.

domingo, 24 de diciembre de 2017

EN VÍSPERA DE NAVIDAD


EN VÍSPERA DE NAVIDAD

Una vez más, estimados lectores, hemos llegado a la víspera de Navidad. Deseamos que la paz de Dios encuentre lugar en sus corazones y su hogar se llene de bendiciones. De parte de todo el Taller Literario Diezmo de Palabras y el maravilloso equipo de editores de El Sol del Bajío les enviamos un abrazo fraternal y pedimos para ustedes una feliz Navidad.

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JESÚS, EL DULCE, VIENE…
Juan Ramón Jiménez

Jesús, el dulce, viene…
Las noches huelen a romero…
¡Oh, qué pureza tiene
la luna en el sendero!

Palacios, catedrales,
tienden la luz de sus cristales
insomnes en la sombra dura y fría…
Mas la celeste melodía
suena fuera…
Celeste primavera
que la nieve, al pasar, blanda, deshace,
y deja atrás eterna calma…

¡Señor del cielo, nace
esta vez en mi alma!



LA MEJOR COMPAÑÍA PARA LA NAVIDAD
Javier Alejandro Mendoza

Era Nochebuena, la mansión estaba llena de luces y muebles caros, pero muy falta del calor humano.  Don Arturo Montes era un hombre rico y ya mayor.  Vivía casi solo.  Lo acompañaba la servidumbre.  Para esa noche, desde muy temprano, el patrón les pidió que prepararan deliciosos platillos, que serían acompañados con vinos finos y una gran cantidad de postres.  Toda la casa fue decorada con adornos de la ocasión.  Un pino y un nacimiento engalanaban la estancia.  Arturo esperaba recibir a sus hijos y nietos, para que llenaran con sus risas el enorme espacio que deja la soledad.
Mientras tanto, como lo hacía todos los días, salió a dar un paseo.  Era una costumbre que llevara consigo un trozo de pan, para dárselo de comer al perro que en la esquina de su calle vivía bajo una camioneta.  Tan pronto veía venir la pesada figura, el fiel animal movía la cola en señal de agradecimiento.  Así correspondía el pan y el cariño.
Muy cerca de ahí había un jardín público.  En una de sus bancas, el señor Montes se sentaba a darle de comer arroz o un poco de moronas a las palomas que muy nerviosas se acercaban a él en busca de alimento.
El pequeño Luis, un niño sucio y mal vestido, también se acercaba a él, pero para lustrarle los zapatos.  Mientras el jovencito cepillaba el calzado, hablaba con una linda sonrisa en su boca.  A su gran amigo le contaba sus sueños y las alegrías que hay en la vida, incluso de alguien tan carente de recursos.
En realidad, don Arturo no necesitaba del servicio, pero dejaba que el chiquillo realizara su trabajo para pagarlo en una forma por demás generosa.  
Antes de despedirse, de todo corazón, el señor le decía:
—Ya sabes donde vivo.  Búscame cuando necesites algo.
Luis sonreía satisfecho y le aseguraba esperarlo ahí mismo el día siguiente.
Antes de volver a su casa, Arturo entró a una iglesia.  Con alegría dirigió su vista al altar, para agradecer que en esa noche tan especial contaría con la compañía de los seres que en verdad lo amaban, así como él a ellos.
Desde hacía muchos años, cuando enviudó y los niños crecieron, don Arturo pasaba la Navidad solo.  Sus cuatro hijos contaban con trabajos, compromisos y otra familia.  No podían ir con el viejo que les dio todo lo que tenían.  Por su parte, los muchachos preferían las fiestas ruidosas, muy lejos de los mayores.  Casi se habían olvidado de la casa de los abuelos, donde corrieron sin ninguna restricción; ahí, donde fueron tan felices y tan consentidos por los padres de sus padres.  De los nietos más pequeños ni hablar.  En realidad no conocían al abuelo, un hombre al que veían en algunas fotografías viejas.  El mismo que ansiaba cargarlos y llenarlos de besos. 
Luego de varios intentos fallidos, la familia se volvería a reunir.  Esa Nochebuena sería especial.  Los cuatro hijos de Arturo, con todos sus hijos, ya habían confirmado su asistencia.  Luego de años de espera, el viejo gozaría de la mejor compañía en la Navidad.   
 


Todo parecía ideal, hasta que un poco más tarde varias llamadas acabaron con la felicidad.  Desde lejos, uno a uno, los hijos de Arturo le fueron deseando feliz Navidad, para luego excusarse, ya que otros compromisos, la distancia y hasta el clima impedirían su asistencia.
El señor fingió normalidad mientras despedía por esa noche a la servidumbre, para que fueran a sus hogares a pasar la fecha.  Todos se marcharon, excepto Isabel.  Ella era una empleada leal, con tantos años de servicio, que ya se había convertido en parte de la familia.  Entre Isabel y Arturo había ese cariño que hace hermanos a dos personas que no llevan la misma sangre.
Al contemplar su realidad, Arturo no pudo contener las lágrimas.  Isabel puso su mano sobre el hombro del patrón para recordarle que no estaba solo. 
En ese momento alguien tocó el timbre.  La empleada atendió.  Al instante regresó acompañada por el pequeño Luis.  Recién bañado y con su mejor ropa le preguntó a su viejo amigo:
—¿Me invitas a cenar?
Arturo se llenó de alegría.  Con entusiasmo les pidió a la señora y al niño que se sentaran a la mesa.  Él se encargaría de atenderlos.  Pero antes de eso tenía que ir por un invitado más.  De inmediato salió de su casa.  Con un silbido llamó al perro de la esquina, para que entrara al calor de su hogar.  Una vez que el animalito estuvo dentro, su nuevo amo colocó en el suelo, junto al lugar que él ocuparía, un trozo grande de pavo.
Al sonar las doce se abrazaron y brindaron, mientras escuchaban villancicos. 
Antes de iniciar la cena, tal y como lo hizo esa tarde en la iglesia, don Arturo agradeció al Cielo, que en esa fecha tan especial, en la que se conmemoraba el nacimiento de Jesús, contaba con la compañía de los seres que en verdad lo amaban.
El pequeño Luis se rascó la cabeza antes de preguntar:
—Si nomás somos tres, ¿por qué hay cuatro platos en la mesa?
Con fe en sus palabras, Arturo le contestó:
—Porque esta noche, querido amigo, Dios está aquí.



DIOS SE LO PAGUE
Patricia Ruiz Hernández

Un pordiosero estaba sentado bajo una cornisa, en su trono de pavimento. Formaba parte del paisaje urbano al igual que muchos otros que deambulaban por las calles de la gran ciudad. Aguardaba la caída de alguna moneda en el mugriento bote, o en el mejor de los casos, el arribo de un billete. Repetía frases prediseñadas como: “Una caridad por el amor de Dios” o “Lo que sea su voluntad, hermanos”. A veces, balbuceaba palabras ininteligibles por la repetición constante. A ratos, se quedaba callado y permanecía con la mano extendida, cual faquir que espera dominar la mente sobre el cuerpo. Era socorrido por personas que motivadas por la compasión, se desprendían de un poco de dinero. Algunos transeúntes lo ignoraban desviando la mirada a la contemplación de los aparadores. Había quien le ofrecía una mirada rápida a su aspecto: barba entrecana, cabello enmarañado, rostro sucio, zapatos dispares y harapos.
Un grupo de bulliciosos jóvenes como cachorros juguetones, pasaron a su lado. Uno de ellos se inclinó hacia el bote. El pordiosero escuchó un sonido diferente al de una moneda al caer.  
—¡No es basurero! ¡Méndigo! —exclamó al descubrir que el joven había depositado una tuerca.
—¡No estaba dormido! ¡Ya se enojó! —dijo el bromista, al tiempo que se alejaba rápidamente con sus amigos ante la cólera del limosnero.
En otras ocasiones, con un extraño sentido del humor, las personas le habían obsequiado piedrecillas o tornillos.
—Una limosnita, muero de hambre —imploró a una mujer que disminuía sus pasos, acercándose al rincón perfumado con orines y efluvios de alcantarilla. 
—Te ofrezco algo para comer, buen hombre —dijo la mujer, entregándole un pan. Él recibió la donación, mas no pronunció palabras de agradecimiento. Las aportaciones en especie no eran de su agrado, las prefería en metálico. Ella se retiró con la satisfacción de haber realizado una buena acción, aun sin recibir el esperado “Dios se lo pague”.
Más tarde, llegaron dos señoras, integrantes de un grupo altruista que ayudaban a personas en situación de mendicidad.
 —Acércate. Estamos ofreciendo comida en aquella camioneta —dijo una de ellas, señalando un vehículo que contenía una gran olla y un canasto con pan  para obsequiar refrigerio a los indigentes.
—También te invitamos a pasar la noche en un albergue, si no tuvieras en donde dormir. Hay cama y cena para ti. No pagarás nada —explicó la otra señora—, sólo una condición: no debes llegar embriagado —agregó, refiriéndose al inequívoco aroma que desprendía. En respuesta, el limosnero hizo mutis alejándose deprisa, dejando perplejas a las mujeres. Después, se detuvo a cierta distancia para esperar a que las señoras se marcharan de “su” esquina. Le inquietaba que otros ganaran su puesto. Regresó hasta que las filantrópicas damas se retiraron. Tal como lo temía, ahí estaba el gangoso con quien tenía una rivalidad de antaño. Aquel hombre poseía una ventaja competitiva: cantaba canciones populares y melodías religiosas, con lo que ganaba la simpatía de la gente.
—Adabare, adabare, adabare a mi señooor… —berreó cortos versos, ofreciendo a los peatones un popurrí de cantos-. Gradias, do que sea su voduntad, que no afedte su ecodomía.
—¡Largo! —gritó iracundo al usurpador— ¡Es mi lugar! 
Como animal territorial que defiende su espacio, amedrentó al antagonista con violencia física y verbal, mostrándole su faceta perruna. Al final, el rival atemorizado se retiró y el limosnero, triunfante, recuperó su espacio.
 

Cuando el día menguaba, dio por terminada la jornada laboral y acudió, como de costumbre, a la tienda donde canjeaba la morralla por billetes. Aquel fue un buen día. El monto de lo recaudado equivalía a varios tantos el sueldo de cualquier empleado. Ya sin el peso de las monedas, caminó ligerito, entró a un baño público, se lavó la cara y las manos, se despojó del disfraz que guardó en una mochila, de la misma donde sacó ropa limpia, zapatos y un abrigo. Enseguida, se trasladó a la central de camiones para viajar a la población donde radicaba. Ahí lo esperaba su confortable casa, una deliciosa cena y un buen whisky. Abordó el camión y se acomodó en el asiento, sacó una botella pequeña y empinó su contenido. Fingir lo que no se es, no resultaba fácil, requería adormecer los sentidos y anestesiar la conciencia. Sintió un dolor intenso en el abdomen, sufría náuseas y una gran fatiga. Se lo había advertido un doctor, eran los síntomas irreversibles de una enfermedad etílica.   
A punto de iniciar el trayecto, se confirmó aquello de que el mundo es un pañuelo, pues para su mala suerte, subió al autobús la misma señora que ese día le regaló un pan. La observadora dama lo reconoció.
—¡Tú eres el que pide limosna! ¡Reconozco tu cara, aunque no traigas los harapos! Soy buena fisonomista ¡Eres un mentiroso!
—No sé de qué habla. Me está confundiendo.
—Mira que aprovecharte de la buena fe de las personas ¡Pero hay un Dios!
—¡Chofer! Esta mujer me está molestando —señaló el profesional del engaño.
Los pasajeros miraban la escena desconcertados, sin atinar a quien favorecer en credibilidad. 
—Señora, por favor tome asiento o deberá bajar del autobús  —ordenó el chofer.
Ella no tuvo otra opción que sentarse, aunque visiblemente molesta continuó murmurando: “El gobierno debería hacer algo contra estos estafadores. ¿Por qué las autoridades permiten que nos timen estos haraganes?” Lo decía con la utópica idea de que la clase política puede o quiere solucionar los males de los gobernados. Por su parte, el pordiosero pirata se quedó reflexionando en que el contratiempo lo obligaría a cambiar de lugar o de ciudad, no debería correr el riesgo a ser desenmascarado. Podría regresar a la entrada de cierto casino para abordar a los apostadores antes de que salieran despojados del palacio del juego. Un plan alterno sería asistir al atrio de una iglesia, donde los feligreses son aleccionados a que el cobijo a los pobres es una forma de ganar el favor divino.


Horas más tarde, llegó a su moderna morada, adquirida con sus habilidades en el arte de la simulación. Un cansancio supremo lo venció y sin buscar la cena que cada noche le preparaba la ayudante doméstica, se desplomó en el sillón. Alcanzó un vaso, lo llenó con whisky. Después de tomarlo se quedó profundamente dormido, soñando con su arca desbordante de monedas. 


*Textos publicados en El Sol del Bajío, Celaya, Gto.
**Patricia Ruíz y Javier Mendoza son integrantes del Taller Literario Diezmo de Palabras.

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