domingo, 21 de mayo de 2017

LOS DOMINIOS DEL PRÍNCIPE PARADOJA


LOS DOMINIOS DEL PRÍNCIPE PARADOJA
(Dioses griegos y aforismos en El retrato de Dorian Gray de Óscar Wilde)
Ensayo. Tercera Parte
Benjamín Pacheco


Más adelante en la trama, Gray continuará en su búsqueda por el placer sin límites pues probará todo lo que puede ofrecerle la vida sórdida de su tiempo y, para asegurar que nadie conozca su secreto, guardará bajo llave el lienzo a pesar de las peticiones de Hallward de exhibirlo porque lo considera su obra maestra. Los amoríos de Gray generarán varios suicidios e incluso la ruina pública de algunas personas; también comenzará a generar rechazo y antipatía por parte de la aristocracia cercana. El lienzo se volverá cada vez más monstruoso reflejando este modo de vida sin escrúpulos. El joven, imparable en sus acciones, incluso asesinará con un cuchillo a Hallward y mandará que Alan Campbell, un compañero de antiguas parrandas con el que terminó mal la relación, se deshaga del cuerpo por medio de ácido nítrico. Casi al final, con la idea de un aparente deseo de cambio, el joven decidirá destruir el cuadro –con el arma antes referida –por considerarlo la única prueba del crimen cometido contra el pintor:

“Mataría el pasado, y cuando hubiese muerto, sería libre. Mataría aquella monstruosa alma viva, y sin sus horrendas advertencias, recobraría el sosiego. Cogió el cuchillo y apuñaló el retrato con él. Se oyó un grito y una caída ruidosa […] Al entrar, encontraron, colgado en la pared, un espléndido retrato de su amo, tal como le habían visto últimamente, en toda la maravilla de su exquisita juventud y de su belleza. Tendido sobre el suelo había un hombre muerto, en traje de etiqueta, con un cuchillo en el corazón. Estaba ajado, lleno de arrugas y su cara era repugnante. Hasta que examinaron las sortijas que llevaba no reconocieron quien era.”

            De esta forma concluye El retrato de Dorian Gray. De vuelta a la analista Montserrat Alfau, pareciera que al aniquilarse dicha imagen, reflejo de su alma mancillada,  “se ha realizado el acto de arrepentimiento y pena simultáneos”,  aunque también señala que, más allá de la historia de un joven y la pérdida de su alma, se aprecia una posible intención de Wilde de proclamar “todas sus teorías de esteta y hedonista con una constancia infatigable”.  Tras dar referencia de la trama general, se pasará a los puntos básicos del presente trabajo: la referencia a los dioses griegos y los aforismos.


Apolo y Dionisos a escena
Dentro de la amplia gama de interpretaciones de El retrato de Dorian Gray hay una que destaca por su referencia clásica: la interacción, convivencia, lucha y conflicto de los dioses griegos Apolo y Dionisos. La influencia y formación de estilo griego de Óscar Wilde no ha pasado desapercibida por distintos analistas y también es un tema recurrente en múltiples ensayos. Por ejemplo, Pau Gilabert Barberà, de la Universidad de Barcelona, en un complejo  ensayo titulado “Antihelenismo y anticlasicismo en la obra de Óscar Wilde” señala que el irlandés “tuvo un conocimiento óptimo de la Literatura y el Mundo Clásico en general como resultado de su formación universitaria en el Magdalen College de Oxford”  y que se le refiere siempre “su apuesta decidida por Grecia y su legado: ‘Todo lo que, de hecho, es moderno en nuestra vida, lo debemos a los griegos; todo lo que es anacrónico al medievalismo”, estas últimas palabras del propio autor, según las toma el ensayista de la obra Complete Works of Oscar Wilde.  También menciona la amistad, que califica de “griega”, con el escritor irlandés Lord Alfred Douglas, y que terminaría prácticamente en una tragedia de tipo helénico:

“Su amado o erómenos, amistad que le llevaría finalmente a la prisión, y uno de cuyos resultados fue aquella famosa epístola, De profundis, donde tanto lamentó no haber sabido comportarse como un verdadero amante o erastés griego.”

De la referencia bibliográfica se puede pasar a la literaria y la relación con la figura del dandy. Terence Dawson, de la Universidad Nacional de Singapur, en su ensayo “The dandy in the Picture of Dorian Gray” considera que “el dandy está relacionado con dos de las más potentes imágenes arquetípicas: Dionisos y Apolo”  pues aparentemente el dandy literario de Wilde “teme profundamente a la vida y su interés en la forma y proporciones estéticas descansan en un principio de evasión”.  En la novela, la manera en que vive Dorian Gray el dandismo es un ejemplo a seguir durante muchos años, pues se considera que en él

“se combinaban algo de la cultura real del estudiante con la gracia, la distinción y las perfectas maneras de un hombre de mundo […] Y, ciertamente, la vida era para él la primera y más grande de las artes, aquella de la que parecían ser solamente preparación de las demás. La moda, por la cual lo que es realmente fantástico tornase por un momento universal, y el dandismo, que es, a su manera, una tentativa que afirma el modernismo absoluto de la belleza […] Su modo de vestirse, las maneras particulares que de vez en vez afectaban, ejercían una notable influencia sobre los jóvenes elegantes […] que le copiaban en todo, e intentaban reproducir el encanto accidental de su gracia… “

            En otro ensayo, titulado “Dorian Gray´s as a Symbolic Representation of Wild’es Personality”, Dawson considera que todas las actividades de Dorian Gray (como las señaladas con anterioridad) reflejan un “supuesto disfrute al máximo de la vida pero que –paradójicamente –le hacen temerla”  por lo que busca un refugio en un “pseudo-estetismo”.  Al final concluye que Gray personifica “un conflicto entre elementos dionisíacos y apolíneos”  en los que a pesar de su pasión por el color, la belleza y el disfrute de la vida, “evita involucrarse en alguna experiencia por temor de que le cause dolor”.  A la vez, el ensayista considera que el deseo de eterna juventud también refiere los atributos de los dioses citados, pues el personaje “es capaz de disfrutar los placeres dionisíacos a los que quiere abandonarse, pero desde una distancia apolínea”,  es decir, segura y sin un compromiso real.
            Ahora, si se comparan los rasgos de los dichos dioses mitológicos griegos, se reparará en las grandes similitudes con el personaje de Dorian Gray. El investigador Robert Graves, en su libro Dioses y Héroes de la Antigua Grecia, recupera los mitos y las relaciones entre ellos. Por ejemplo, algunas de las características de Apolo es que además de ser el dios de la música, poesía y medicina, también era “de los hombres jóvenes y solteros”,  además de contar con un trono de oro y una “estupenda” casa en Delfos. Sobre dicho asiento “colgaba un disco del sol con veintiún rayos en forma de flechas porque Apolo presumía de manejar el sol”  y su emblema era “el ratón [porque] se suponía que los ratones conocían los secretos de la tierra y que se los contaban a él”.  El filósofo alemán Federico Nietzsche en su libro El nacimiento de la tragedia, refiere la grandeza de dicho dios:

“Apolo, en cuanto dios de todas las fuerzas figurativas, es a la vez el dios vaticinador. Él, que es,
según su raíz, “el Resplandeciente”, la divinidad de la luz, domina también la bella apariencia del mundo interno de la fantasía. La verdad superior, la perfección propia de estos estados, que contrasta con la sólo fragmentariamente inteligible realidad diurna, y además la profunda consciencia de que en el dormir y el soñar la naturaleza produce unos efectos salvadores y auxiliadores, todo eso es a la vez el analogon simbólico de la capacidad vaticinadora y, en general, de las artes, que son las que hacen posible y digna de vivirse la vida.”

Por su parte, volviendo a Graves, Dionisos era hijo de Zeus tras un amorío con una mortal llamada Semele. Le fue cedido un puesto en el Consejo luego de que inventara el vino. Su trono se destacaba por estar recubierto de piedras variadas:

“El trono de Dionisos era de madera de abeto recubierta de oro, adornado con racimos de uvas esculpidos en amatista (una piedra de color violeta), serpientes esculpidas en serpentina (una piedra con muchos colores), y también varios animales cornudos, esculpidos en ónice (una piedra negra y blanca), sarda (una piedra de color rojo oscuro), jade (una piedra verde oscuro) y cornalina (una piedra color de rosa).”


Otro factor importante era que Dionisos también era de temperamento compulsivo. Esto se aprecia en el asesinato de Orfeo al negarse a adorarlo porque lo acusaba de “dar malos ejemplos a los mortales con su comportamiento alocado”.  Dionisos, encolerizado, envió una multitud de ménades –jóvenes borrachas –a perseguir a Orfeo, quienes lo atraparon sin su lira, le cortaron la cabeza y la echaron a un río, mientras que el cuerpo lo despedazaron en trozos pequeños.  Del texto de Nietzsche, quien realizó una fuerte autocrítica por considerarlo “un libro imposible […] mal escrito, torpe, penoso, frenético de imágenes y confuso a causa de ellas, sentimental, acá y allá azucarado hasta lo femenino, desigual en el tempo [ritmo], sin voluntad de limpieza lógica”,  su intención era la de señalar que lo apolíneo, y su antítesis lo dionisíaco, eran

“potencias artísticas que brotan de la naturaleza misma, sin mediación del artista humano, y en las cuales encuentran satisfacción por vez primera y por vía indirecta los instintos artísticos de aquélla: por un lado, como mundo de imágenes del sueño, cuya perfección no mantiene conexión ninguna con la altura intelectual o con la cultura artística del hombre individual, por otro lado, como realidad embriagada, la cual, a su vez, no presta atención a ese hombre, sino que intenta incluso aniquilar al individuo y redimirlo mediante un sentimiento místico de unidad.”

Aunque el texto del filósofo es rico en matices, se le refiere aquí únicamente para dar cuenta del conflicto que vive Dorian Gray al concentrarse en él las características de ambos dioses mientras él se vuelve una especie de artista de la vida. De Apolo toma el gusto por las artes, la soltería y el apego al sol.  El joven cultiva las dos primeras durante años al pasar de una actividad a otra, y aunque desarrolla altamente sus conocimientos y tesoros, no termina por comprometerse solamente con una. En realidad no tenía razón de hacerlo pues el tiempo estaba a su favor y la muerte ni la vejez, como términos de vida, de ciclos, lo afectaban. De esta forma acumuló riqueza, como un extenso Olimpo, en el que fueron almacenadas desde teorías sobre la vida (catolicismo romano, misticismo, doctrinas darwinistas); así como perfumes y los secretos de su fabricación; extraños objetos musicales de lugares como Chile, Amazonas o México; joyas, bordados, tapices, hasta vestidos fantásticos y hasta las de tono eclesiástico. En este contexto, Dorian era un sol: brillaba y atraía al principio con su luz, aunque posteriormente quemaba con la misma intensidad a todo el que convivía con él durante un tiempo. El capítulo XI de la novela es vasto en esta clase de detalles. De Dionisio, Gray tomó la vida alocada y la cólera: gustaba de visitar, disfrazado y con otra identidad, tabernas y muelles de ladrones, lugares donde le vendieran droga para evadirse, como un dios que baja a la tierra para espiar a los hombres en sus actividades más turbias y, de paso, seducir a las mujeres que le salen al paso y cumplen con sus requisitos de gusto y forma. Al tiempo de esta vida de sombras, el eterno joven daba magníficos conciertos y cenas selectas en su casa. Del enojo dionisíaco queda clara la similitud entre los asesinatos de Orfeo y Hallward: ambos eran artistas que se negaron a adorar a un dios intolerante y excesivo, rechazo que pagaron con la muerte. Sin embargo estaba el peso de las decisiones y Dorian Gray bien podría haber almacenado el mundo, pero nunca bastaría para tenerlo contento y tranquilo:

“Porque aquellos tesoros y todo cuanto él coleccionaba en su atractiva casa, servíanle como medios para olvidar, como recursos para evadirse por una temporada del temor que le parecía a veces casi demasiado grande para ser soportado […] Sin embargo, sentía temor.”

 

Definir la vida con aforismos
Dejando atrás a los dioses y sus conflictos, se pasará al último tema del presente trabajo: los aforismos. Si Dorian Gray es definido por la trágica Sibila Vane como “Príncipe Encantador, mi maravilloso amante, mi dios dadivoso”,  su mentor Lord Henry Wotton es “El Príncipe Paradoja”. El nombramiento se da en el contexto de una reunión ofrecida por la duquesa de Monmouth. Wotton se acerca a una mesa a comunicar su intención de rebautizar todo, principalmente las flores, pues a su juicio las personas han perdido la capacidad de “dar nombres deliciosos a las cosas”. La conversación siguiente, a su vez, es un ejemplo de los aforismos y paradojas –mismos que serán más adelante definidos –que constantemente aparecen en la historia:

“Y los nombres lo son todo. Nunca disputo sobre hechos. Mi única disputa es sobre palabras. Por esta razón odio el realismo vulgar en literatura. Al hombre que llamase azada a una azada debería obligársele a utilizarla. Es para lo único que serviría.
-Entonces, ¿cómo vas a llamarte, Harry? –preguntó ella.
-Su nombre es el Príncipe Paradoja –dijo Dorian.
-Le reconozco en eso instantáneamente –exclamó la duquesa.
-No quiero oír nada –dijo riendo Lord Henry, sentándose en un sillón -. ¡No hay modo de escapar de la etiqueta! Rehúso el título.
-Las majestades no pueden abdicar –dejaron caer como un aviso unos labios bonitos.
-¿Quieres entonces que defienda mi trono?
-Sí.
-Proclamaré las verdades de mañana.
-Prefiero los errores de hoy –respondió ella.”

Aunque este título es dado por el joven en la última parte de la novela, el temperamento del experimentado aristócrata es percibido desde el inicio: Wotton, aunque suele ofrecer largos discursos llenos de ingenio y malicia, seguido lanza a sus interlocutores, a manera de dardos, sentencias breves cargadas de cinismo y dureza que tienen la forma de aforismos para expresar sus ideas en torno a cualquier tema que se le presente: la juventud y la vejez, lo bello y lo vulgar, hombres y mujeres, la soltería y el matrimonio, el trabajo, el arte, por citar algunos. Aunque la historia está centrada en las vivencias de Gray, se puede interpretar que en realidad entramos en los dominios de Wotton: es el único, de los tres personajes principales, que sobrevive a esta aventura de dieciocho años y a pesar del horror de los hechos, como la muerte, se mantiene prácticamente imperturbable. Pareciera que construye muros con palabras y así evitar el daño que podría causarle el mundo exterior, aunque realmente no lo logra, como refiere la ensayista Montserrat Alfau, citada con anterioridad para este trabajo:

“En El retrato de Dorian Gray, Wilde vuelca y proclama todas sus teorías de esteta y hedonista con una constancia infatigable, sostenidas por su personaje diabólico y cínico: lord Henry Wotton, y que, sin embargo, encuentran una especie de derrota implícita en la trama y desarrollo de toda la obra donde se ahoga y aniquila con ellas, a manera de una liana infernal, al protagonista que había sido su propia creatura.”



(...Continuará)


*Texto publicado en El Sol del Bajío, Celaya, Gto.

domingo, 14 de mayo de 2017

LOS MONSTRUOS DE MARZO


LOS MONSTRUOS DE MARZO
-Narrativa de Max Sauza-

Maximiliano Sauza Durán nos presenta su obra como quien conoce la experiencia “gourmet” de introducirnos a degustar a un nuevo autor. Comienza con cuentos cortos, a manera de entrada y después de abrirnos el apetito, ofrece a continuación textos de introspección fantástica, como La biblioteca real de Alejandría.  En su profesión de arqueólogo, es interesante el hecho de que a pesar de no remitirnos a las historias que deben ser muy abundantes en su área, sí utiliza sus conocimientos para construir textos como en La mirada intrusa o Bashó y los Popolucas.  En el texto que da origen al título de su libro, Los monstruos de marzo, el autor cuestiona la vida y la muerte como causa y efecto en uno y otro sentido: “¿Uno viene a la tierra a procrear gente que también ha de morir? ¿Al ser padre, uno se vuelve un verdugo?”
            Pero es -tal vez- en el cuento magistral, Los símbolos robados, donde el ladrón es capaz de sustraer la representación, la esencia misma de las piezas de arte. El robo ES el arte. De manera sarcástica nos cuenta la razón de haber escrito este texto, el último de la recopilación y con esto, Max nos permite degustar un digestivo dulce y cáustico para culminar la degustación de su obra.
            Los monstruos de marzo es un libro de sorpresas y sorprendente. Vale la pena leer el prólogo de su amigo Ybrahim Galicia, quien señala acertadamente:
            “Maximiliano Sauza desafía la impronta extraviada de la escritura contemporánea, recupera sensibilidad, frente al agobio neotécnico de los sentimientos...”
Vale.
Julio Edgar Méndez



LA BIBLIOTECA REAL DE ALEJANDRÍA

En la Biblioteca Real de Alejandría hay en el tiempo un libro que dice que todo acontecer, que todo suceso, que toda fecha y todo momento, está condicionado por causas irrepetibles. No sólo el todo se interconecta con todas las partes de ese todo, sino incluso con sus posibilidades y sus imposibilidades.
Bajo este postulado, no hay, por ejemplo, dos cebras con las mismas rayas, dos abedules con la cantidad exacta de hojas, ni dos guepardos con manchas repetidas. Y aunque la relación que impide y a la vez posibilita dichas pigmentaciones en estos animales, y la distribución de hojas en un tipo de árbol fuese igual a otra, aun así no podrían repetirse las rayas ni las manchas ni la cantidad de hojas. La irrepetibilidad de las cosas es prácticamente la condena perpetua que se somete una cosa para presentarse en el mundo. El imposible eterno retorno del que en otros tiempos nos alegarían los filósofos occidentales, el caos que, los científicos de la modernidad, investigarían siglos después.
Saliendo de la Real Biblioteca me paré en medio de una lluvia nocturna y presencié cómo una gota de lluvia caía en el ojo de una aguja tirada en el suelo. Suponiendo que el tratado que encontré en la biblioteca proclamase la verdad, y si entonces pudiera repetirse ese momento: que me encontrara yo, saliendo de la Biblioteca Real de Alejandría, me parase frente a la lluvia nocturna, ese mismo día, a esa misma hora, después de haber existido exactamente todo lo que en la vida ha ocurrido para que yo estuviera ahí de nuevo; si todo fuera reemplazado por las mismas causas, incluyendo la misma aguja y la misma gota de lluvia, entonces cabría la posibilidad de que algo cambiara. Incluso lo irrepetible podría nunca o tal vez siempre repetirse.



CARTA A LA MANO

Mi mano me dejó esta noche. Se fue con otra persona; se fue para habitar otro brazo. Estoy escribiendo, con mucha dificultad, con la mano que me queda, y estoy seguro de que ésta también planea irse. Sé que ambas han conspirado
para dejarme solo: sin más extensión de mi cuerpo que estas piernas flacas que parecen fideos. No tengo la menor idea de dónde puede estar mi mano fugitiva. Bueno. Me doy cuenta de que muy bien pude ser un excelente zurdo. Quizá por eso me haya dejado la diestra. Quizás el hecho de extenderme cada mañana y alcanzar mis gafas en el buró a mi derecha sea un hábito que le disgustase a la izquierda. O tal vez la forma en que cojo el cigarro y lo llevo a mi boca, fuera algo que odiara mi derecha. ¿Habrá sido la forma en que toco la guitarra; o acaso mis malas costumbres de dibujar animalitos en las esquinas de los libros? ¿Será la dependencia de mi mano la razón por la cual huyó? ¿Se habrá sentido explotada?
Extraño mucho mi mano diestra. ¡Y justo hoy que tengo una cita con una preciosa chica que conocí la semana pasada! ¿Qué le diré ahora?, si lo primero que me dijo al presentarnos era que mis manos le parecían muy hermosas. Ahora tendré
que andar buscando excusas del porqué estoy manco.


LOS SÍMBOLOS ROBADOS

“El arte permite brotar a la verdad.”
— Martin Heidegger, Arte y Poesía

El 8 de agosto del 2019 se inauguró la esperada exposición “El Arte Mexicano: Símbolos, Verdad y Tiempo”, patrocinada por el Gobierno Federal, en coalición con los gobiernos estatales, las universidades públicas, y la Secretaría de Cultura. En la exposición se habían recopilado grandes obras maestras del arte mexicano, desde la época prehispánica hasta la posmodernidad. Textos de grandes personalidades de la historia del arte, la antropología, la crítica, y la literatura mexicana acompañaban las descripciones de dichas obras, y muchos grandes artistas contemporáneos habían formulado hermosas reinterpretaciones de distintas piezas: Serge Gruzinsky, por ejemplo, había escrito las cédulas sobre
las pinturas mestizas de Ixmiquilpan, Acolman y la Casa del Deán; Enrique Florescano organizó un extraordinario banquete donde se presentaba una publicación honorífica de la exposición; en Bellas Artes, se presentaban las nuevas promesas del arte plástico contemporáneo; los museos regionales inauguraban homenajes a Juan O ‘Gorman, Diego Rivera, Remedios Varo, Manuel Álvarez, David Alfaro Siqueiros, entre otros.
Algunas tantas exposiciones cobraban el nombre de grandes personalidades de la historia del arte: la exposición Martha Foncerrada de Molina era dedicada al arte mesoamericano, que tuvo cede en el Museo Nacional de Antropología; o la Xavier Moyssén, que recopilaba master pieces del periodo novohispano, en la Alhóndiga
de Granaditas, en Guanajuato; otra gran exposición, por supuesto, fue la llamada Justino Fernández, que tuvo lugar en el Museo Soumaya, y cuyo tema fue el arte moderno. Muchos recordarán las emotivas palabras que Avelina Lésper les dio a los jóvenes artistas que emprendían sus obras conceptuales en el prestigioso recinto. Es curioso el caso que aquí les cuento, pues nadie contempló la posibilidad de que los símbolos de las obras pudieran ser robados. No me refiero al robo de las piezas de arte, me refiero al robo del contenido, del discurso, de la representación.
Así es, mientras las obras eran custodiadas por soldados federales y guardias contratados por celosos posesionarios multimillonarios, alguien anónimo paseaba por las salas y vestíbulos, silencioso como fantasma o como sombra, en algún momento del día o de la noche, y arrancaba de todo óleo, de todo lienzo, de toda escultura y de toda pieza de cerámica, la esencia misma con que la obra fue creada.
Todo comenzó el día de la inauguración, cuando el director del Instituto de Investigaciones Estéticas de la UNAM recitó el discurso de apertura al evento académico. Ese día, al develar una serie de cuadros de Pedro Friedeberg, las líneas paralelas y las formas geométricas que obsesionan al pintor, desaparecieron. No había en esos cuadros el menor rastro de una arista o ángulo obtuso. Carecían del azul melancólico y del morado transversal que todos los amantes de la geometría adoran en la obra del aclamado surrealista. Noticia nacional. Inmediatamente todos los directivos de los museos y las exposiciones se alarmaron, y unieron fuerzas para evitar que un desastre similar se repitiera.
No tuvieron éxito. El siguiente atentado ocurrió en la noche del 11 de agosto, tres días después de la inauguración del evento académico en la Máxima Casa de Estudios del país. Sin embargo, esta vez “el atentado a la identidad” como lo llamó
un periodista veracruzano, tuvo lugar en el Museo Nacional de Antropología, donde la Sala Azteca se vio privada de sus obras más significativas: Eduardo Matos Moctezuma, arqueólogo prolífico y autor de una abundante bibliografía, fue el primero en percatarse del asalto de imágenes en su Museo. Inicialmente, al hacer una revisión nocturna por la sala en compañía de algunos curadores, se percató de que La Piedra del Sol había sido privada del símbolo del movimiento: el centro de la pieza no se apreciaba, el Quinto Sol de la mitología mesoamericana dejó de existir. Así mismo, la Coatlicue carecía de su falda de serpientes, ¡a un lobo emplumado le faltaban sus plumas!, y las piedras gladiatorias tenían personajes sin nombres ni rostros ni armamentos. Alguien se había robado las identidades de esa cultura mexica.


Del chisme nació la noticia amarillista, de ésta el escándalo, y del escándalo la paranoia. En todo el país sebuscaba al ladrón de identidades, criminal excepcional que no podría ser otra persona más que un artista. Al menos a eso concluyeron algunos especialistas, quienes, al ver el constante despojo de los símbolos en las obras artísticas, decidieron dar fin a la exposición nacional. Fue después del robo de los bigotes y la uniceja de Frida Kahlo en su Autorretrato con collar de espinas y colibrí cuando comenzó la preocupación real por la captura del ladrón. El cierre de la exposición suscitó no sólo el resguardo del enorme corpus artístico mexicano, sino también la búsqueda, obtención de información, y/o captura del
artista culpable. (Recuerdo que incluso el gobierno federal ofrecía ciento cincuenta millones de pesos por obtener información sobre el susodicho delincuente.) Pero, para encontrar al ladrón que sólo robaba símbolos en el arte, los peritos tendrían que empezar descartando posibilidades. En primera instancia, el culpable (o serie
de culpables), como ya dije, tendría que ser alguien que conocía la esencia del arte y, por ende, podía robar lo mejor de él. En segunda, debía ser una persona con la suficiente experiencia técnica como para desprender los símbolos sin
dañar en lo más mínimo a la obra en sí: es decir, el ladrón tendría que ser no sólo un artista sino, forzosamente, un gran artista. Alguien que pudiera modificar una escultura en mármol sin que el cincel dejara huella, que pudiera detectar y desprender el tiempo del óleo, el color del acrílico, la forma de la sibila, el espumoso y fantasmagórico existir de la pieza de su concepción estética. Ese ser intransigente debía ser el culpable. Mas todo intento de captura fue un fracaso. Al llegar el mes octubre las obras de José Guadalupe Posada eran los blancos que, los peritos pensaban, serían las piezas que primero se robaría el criminal. No cabía la menor duda de ello.
Pero mientras más se custodiaba una obra, más piezas eran desalojadas de su esencia. La estrategia era simplemente perfecta. No cabía lugar para el error. Las maniobras de robo y de escapismo eran singulares: nunca un ladrón de arte había robado la obra sin necesidad de robar la pieza. Era magnífica la estrategia, el engaño, la ejecución; el robo como tal era un arte…
Pronto terminó el miedo colectivo y comenzó el alabo y la glorificación del criminal. Recordemos que este atentado ocurrió, a fin de cuentas, en México.
A mediados de noviembre, comenzaron a hacerse populares los artículos de revistas electrónicas que aclamaban el robo de los símbolos en las piezas maestras. En los blogs podían leerse encabezados como “Producir o despojar: hacia una nueva estética mexicana”, “Ni aquí ni allá, los símbolos y la identidad”, o “¿Para qué crear si se puede reciclar?”.
El origen de dos bandos claramente distanciados se generó en esas fechas. Los unos que repudiaban el sacrilegio artístico, y los otros, quienes lo admiraban. La
verdad es que, fuera el bando que fuera, todos estaban a la expectativa de la siguiente jugada del ladrón. A todos les competía saber cómo el ladrón jugaba sus cartas, y cómo cada vez se volvía más selecto en los temas y motivos que
robaba. [Aquí podemos hacer un paréntesis interesante, pues la venta de arte y la visita a los museos se incrementó en relación proporcional (y casi exponencial) al del robo de los símbolos. Me pregunto si el morbo por conocer las obras una vez que éstas dejaron de ser lo que fueron provocó dicho aumento.] Según los expertos, el ladrón actuó inicialmente en una especie de etapa experimental; en la cual se llevaba consigo elementos varios de colecciones generales. Por ejemplo,
las líneas paralelas de Friedeberg (su primer atentado), los personajes zoomorfos de Carrington, o los colores tierra de Vicente Rojo.
Y poco a poco la técnica del despojo, como lo llamaron en un programa de Once TV, fue perfeccionándose. Llegó a ser tan minuciosa, tan sistemática, que sólo un crítico especialista o un fanático obsesivo podrían distinguir los símbolos que se desaparecían, o mejor dicho, se robaban, de las obras. Nadie sabía a dónde iría a parar aquel fenómeno tan peculiar. Se había llegado al acuerdo de que el actor criminal era una, y sólo una persona física, pues los asaltos no se hacían simultáneos, sino consecutivos; y la técnica del despojo únicamente podría ser ejecutada por un criminal cauteloso. El patrón en los asaltos era el mismo siempre:
¡simplemente no existía! No había huella del error ni evidencia de la entrada o salida en los museos y galerías. Esto llevó a los especialistas a concluir que, de existir un séquito de ladrones, alguno tendría que caer, pues mientras más amplia era la muestra, mayor la probabilidad de dar con algún involucrado. Mas no era así. Todo indicaba que el ladrón debía ser ni más ni menos que un solo individuo dócil cómo un perro ovejero, silencioso como el aleteo de las mariposas, rápido como la lengua de una rana, y sigiloso como el mirar de un búho.
Debido a la naturaleza de los asaltos, la incapacidad de las autoridades para dar con el criminal, y la paulatina aceptación que los robos tenían en el groso popular, el tema dejó de ser noticia nacional en la segunda quincena del mes de enero. El tiempo entorpeció a los investigadores y aborreció el crimen de robar símbolos.
La gente acudía a las iglesias sin percatarse de que a éstas les faltaban los signos de las órdenes religiosas que las caracterizaban. Las personas dejaron de a ir a museos para ver las obras que se habían hecho famosas por carecer de elementos que algunas vez les fueron únicos. Llegó un momento en el que la noticia fue prácticamente nula. Para el mes de marzo nadie recordaba una palabra del asunto. La gente dejó de ir a los museos completamente y los estudiosos de arte ya no buscaban culpables. Incluso se conformaron con estudiar las obras ya inconclusas. La indiferencia ante el asunto de los símbolos robados llegó a tal punto que ni los historiadores del arte ni los artistas mismos podían distinguir si los robos aún seguían practicándose. A los peritos judiciales les fue y les vino el tema.
Escribí esta nota en conmemoración del primer aniversario luctuoso de aquel ataque a los símbolos robados, allá en una tal exposición inaugural, un supuesto 8 de agosto del 2019.
Max Sauza Durán.


*Textos publicados en El Sol del Bajío, Celaya, Gto. Con permiso del autor.

lunes, 8 de mayo de 2017

UN ESPEJO DENTRO DEL POETA


UN ESPEJO DENTRO DEL POETA
-Obra poética de Gerardo Sánchez-

Leer a Gerardo Sánchez es un deleite. Sus letras siempre nos sorprenden. Es la voz genuina de la vida misma.
            Vive dedicado a entregarnos sus metáforas, a cuentagotas, pues así se disfrutan mejor las vivencias del bardo. No duerme ni respira si no está Silvia cerca. Y la eternidad es una flor que Gerardo anhela regalarle a su amada. ¿Acaso Silvia no sabrá cuánto daño le hace a este obrero de la tinta, con su lejanía? ¿El vate resistirá el peso de los recuerdos y los intempestivos encuentros con ella, que no duran más que un suspiro?
            Adentrémonos, pues, en esta dolorosa aventura, y disfrutemos de cada maravillosa línea que hoy nos viene a entregar este poeta enamorado de su excelso quehacer.
Martín Campa Martínez



ESPEJO PARA DOS
Gerardo Sánchez

UNO
En aquel tiempo vivíamos sin conocernos y no sé si éramos felices cada quien por su lado. En tu vida yo era lo que tú en la mía y que un día nos confesaríamos. Hay secretos, Silvia, que al ser revelados nos denudan de tal modo que quedamos indefensos.  En aquel tiempo éramos uno sin el otro, hoy somos dos y dividimos nuestra soledad en partes iguales.

DOS
Dejé de fumar porque tus besos son a prueba de todo, menos al tabaco. También porque dices que te morirías conmigo y te creo, aunque sé que no es cierto. La verdad es que quiero vivir más para entregarte el mejor aire de mis pulmones. Si algún día este amor termina, hoy, me quedo para siempre sin cigarros, pero con muchas horas para succionarlas contigo.

TRES
A la mañana siguiente de estar en tu cama me visto con lentitud, veo lo que nos dimos entre las sábanas. Busco, por si acaso, algo que nos haya quedado pendiente. Entonces tú, sigilosa, me abrazas por atrás y las sábanas vuelven a hacer espuma, marea, amor.

CUATRO
No quiero ser tan feliz, porque tengo miedo de que este abrazo se termine. La muerte envidia nuestros días, con sus ojos vacíos es la semejanza del desamor. Por eso no quiero que me toques así. La muerte no debe llenar su mirada con nosotros, seamos un poco ajenos, Silvia, al abrazarnos de esta manera.

CINCO
Si alguien me hubiera dicho que una parte de mi destino, de algún modo, ya había estado en tus ojos desde hace siglos; me habría preparado mejor para vivirlo. Tantos años en la apatía, en el descuido de mi cuerpo. Apenas sobreviví en la insuficiencia espiritual. Hoy quisiera haberme querido más, estar completo y pleno para entregarte el doble de lo que te doy.

SEIS
Mujer, termino adolorido y busco de inmediato la seguridad de mi vida solitaria de antes de conocerte. Sin embargo después, tú volverás a restaurarme con lentitud desde adentro, con tu voz me incorporarás a tus manos. Allí, vuelvo a desear que nunca te enfades con mis contradicciones.

SIETE
Silvia, solamente tú sabes el peso exacto que sostiene mi silla de ruedas, porque me has tenido en tu cuerpo, así como el dedo de Dios señaló mi destino. Frágil soy, pero adentro de ti, el hombre que habría de ser y era tan sólo una molécula en el mar, encuentra la sustancia de la vida que le faltaba.

OCHO
De repente me llega tu olor al mirarme en el espejo y busco en mí tu mirada, pero estás en otro lugar, quizá peinándote distraída. Entonces me consuela creer que también de pronto me hueles y buscas en ti mi mirada. Cada vez que nos separamos sucede que nuestros espejos desean ser sólo uno, para los dos.

NUEVE
Hoy quisimos un vaso un agua para los dos y le pusimos bastante hielo. Qué tristeza nos contagiamos al mirar cómo se derretían los cristales, mientras intentábamos iniciar una conversación. A veces no encontramos tema y nos perdemos, separándonos, aunque nuestras manos se busquen, cada uno se disuelve en la misma agua que se enfría.

DIEZ
Cuando me amas, Silvia, sin que lo sepas, detienes el deterioro de mis huesos, el calcio que me das lo guardo para cuando te vayas, mi esqueleto pueda sostenerme sin ti. Abrázame, para que este cuerpo, en tu ausencia, siga fortalecido.

ONCE
Si hoy me partiera un rayo a la mitad, la autopsia revelaría que el corazón está intacto a pesar de haber sentido el golpe. Sí, completo, porque también recibió el amor que le diste.


DOCE
Fuiste la gota de luz que entró a través de mis sentidos, para darme la certeza que aun para mí la felicidad era posible.

TRECE
No me gusta cuando llegas de repente, con la buena intención de sorprenderme, pero nunca digo: “No te esperaba” porque sé que son las palabras que te harían no volver, también porque siempre deseo que llegues a mi casa aunque no te espere.

CATORCE
Dicen las malas lenguas que no, que esta relación no durará, afirman que es imposible entre dos desdichados como nosotros. Lo que ignoran es que en tu lengua he hallado las palabras para que siga con vida mi propia lengua que había muerto.

QUINCE
A todos les cuento de las dolencias de mi cuerpo, a lo mejor porque en el fondo espero que alguien atine a darme un remedio eficaz. Pero a nadie le platico del dolor que eres tú, aquí, en alguna parte que ni yo consigo identificar. Si verdaderamente fueras mi costilla, sabría hasta dónde puedo soportar tu ausencia.

DIECISEIS
Porque siempre te pierdo, ya no puedo creer que viviremos juntos. Esto no funciona, Silvia, llegó ya muy tarde, cuando los dos estábamos hechos a la costumbre de nuestra propia soledad y por más que acoplamos en uno nuestros cuerpos, siempre quedan resquicios por donde escapa la ternura.



DIECISIETE
Algún día regresaré para dejar en tus sueños este murmullo: “Vine del humo, Silvia Leticia, porque me dijeron que tus ojos verdísimos seguían mirándome y tus labios no pueden olvidar y se duelen. Aquí estoy, completo, buscándote para tocar tu piel. Sentiremos otra vez nuestro mar y el hijo que concebimos, más allá de nuestros cuerpos, andará escogiendo caracolas para oírnos.

DIECIOCHO
A escondidas miré la fotografía de tu boda con el padre de tus hijos, estabas hermosa. La luz revela la claridad de tus ojos. En ellos, una niña y un niño ya sonreían, futuros, confiados en la ternura de tu cuerpo de la que habrían de nacer. A tu lado izquierdo está el esposo, como debe de ser en estos casos, y yo, como el destino lo ha señalado, estoy algunos años después, acompañándolos, casi sin estar allí, pero ya desde entonces creciendo en tu corazón. Si alguien se fija bien, soy el granito de arroz que resbala, pecho adentro de ti y te causa un ligerísimo suspiro.

DIECINUEVE
En la oscuridad, semidormido, toco tus pechos para comprobar que sigues en mis manos, queriendo me vuelve la sangre y deseo que despertemos bien para fluir de nuevo hacia la parte más profunda de la cama.

VEINTE
Antes de acostarnos, nos lavamos la boca a conciencia, obedientes como si fuéramos a hacer la primera comunión. También, un poco antes del beso de buenas noches, casi religiosos, acomodamos las almohadas correctamente y nos olemos sin decirlo, pero conscientes que un poco más tarde la lujuria habrá ganado un par de cuerpos con su respectiva alma.

VEINTIUNO
Ha sucedido que dejamos nuestras llaves sobre el buró, orientadas hacia distintos rumbos, ajenas a nosotros, lejos por un momento de lo que con ellas movemos, pero ninguno de los dos, aun abrazados en un abrazo carnal, pierde de vista sus propias llaves que representan los intereses de cada quien y así, el amor no abrirá ningún futuro para estar juntos los dos.



*Gerardo Sánchez nació en Celaya, Gto., el 8 de abril de 1958. Estudió la Licenciatura en Español y la Normal en Educación Básica. De 1981 a 2011 trabajó como profesor de educación primaria, actualmente está jubilado. Fue becario en tres ocasiones del Instituto Estatal de la Cultura de Guanajuato. En 1993 obtuvo el Premio Nacional de Poesía “Efraín Huerta”. Ha sido asesor de diversos talleres literarios en su estado natal. Ha publicado los siguientes cuadernillos de poesías: Poemas Haciendo Fila (Ed. Praxis/DOS filos, 1984) Jugar a ser Poeta (Ediciones de la Casa del Diezmo, 1990) Dolencias Infantiles (Ed. Cuarto Creciente, 1992)

También ha publicado los siguientes libros de poesía: Limites Interiores (Gobierno del Estado de Guanajuato, hoy Ediciones La Rana, 1993) Cuadernos de Repaso (Ediciones La Rana, Colección Autores de Guanajuato, 1998) Letanía de los Cuarenta (Editorial Praxis, 2001) De tarea: Vivencias (Diversa Ediciones, 2004; Reimpresión, misma Editorial, 2010) Mueblería y otros poemas (Tierrablanca Diseño, 2009).

domingo, 30 de abril de 2017

CUENTOS PARA CONTAR SIN APAGAR LA LUZ


CUENTOS PARA CONTAR SIN APAGAR LA LUZ
-Literatura infantil-

“El mejor medio para hacer buenos a los niños es hacerlos felices.”
Oscar Wilde  (1854-1900) Dramaturgo y novelista irlandés

“¿Cómo es que, siendo tan inteligentes los niños, son tan estúpidos la mayor parte de los hombres? Debe ser fruto de la educación.”
Alejandro Dumas  (1803-1870) Escritor francés


Querido lector, si tienes hijos, sobrinos, nietos o amigos que aún son niños, te pido de favor que les permitas a ellos leer esta presentación o tú la leas si es que ellos aún no lo hacen. Comienza justo en este momento... aquí abajito:

            ¿Te gustan los cuentos de miedo? A mí sí. Cuando yo era pequeño, un grupo de chicos nos juntábamos a contar historias de terror. Me preparaba un taco con azúcar y chocolate en polvo y me sentaba al lado de alguien más grande para sentirme más seguro por si acaso me asustaba. Se apagaban las luces y ponían una vela en medio del piso. La luz que nos pegaba en la cara nos daba un efecto de fantasmas. Si alguna vez lo has hecho sabes a lo que me refiero, pero si aún no lo haces inténtalo, te aseguro que te vas a reír, a menos que salgas corriendo del puro susto.
            Aquí tienes dos pequeños cuentos que puedes leer o alguien te los puede contar sobre dos personajes que seguro conoces: La llorona y el Coco o “Booggeyman”. Uno lo escribí yo y el otro mi hija. Espero que te diviertas... Pero si los lees en la noche, no apagues la luz. Vale.


LA LLORONA DEL PARQUE XOCHIPILLI
Julio Edgar Méndez

Ya todos sabían que, por las noches, la llorona paseaba dentro del parque Xochipilli de Celaya. Se escuchaba un llanto de niña chiquita, un llanto quedito que el aire llevaba por todos lados. De pronto se escuchaba  por el lago y de pronto se oía pegado a la barda. A veces se oía que daba vueltas a todo el parque. Hasta ahora nadie sabía de dónde salía ni por qué. Sólo sabían que era un llanto que daba miedo, pero a veces daba mucha tristeza. Todos los que iban a hacer ejercicio por las mañanas no escuchaban ese llanto. Durante el día no había ruidos, el parque se llenaba de luz y muchos niños y sus familias se divertían de lo mejor jugando a muchas cosas. Corrían entre los árboles, se escondían de sus amigos, visitaban a las avestruces, que tienen cara de chiste. Y así, todos los días lo mismo. Pero en la noche, otra vez ese llanto. Eran tantas las personas que escuchaban a la llorona, que los encargados del parque comenzaron a buscar por todo el lugar a ver si había alguien haciendo bromas. Pero no encontraron nada raro. El llanto seguía surgiendo por todos lados del Xochipilli y ya las personas comenzaban a formar grupos de búsqueda. Pidieron permiso para traer a un especialista en fantasmas y así fue como llegué a la ciudad de Celaya.
            Mi papá se ha dedicado a buscar fantasmas durante muchos años. Todo empezó porque un día, cuando yo aún no nacía, mi papá vio un barco flotando en el aire. Del barco bajaron muchas personas transparentes. Eran piratas, algunos con pata de palo, otros con parches en el ojo, uno con un garfio en lugar de mano, piratas, ya sabes, de los de las películas. Pero eso no fue lo importante, sino que le dieron a mi asustado papá una libretita. El tipo de escritura era desconocida, y le dijeron que ahí estaba el secreto para encontrar un gran tesoro. Los piratas no volvieron al barco, siguieron caminando a través del cuerpo de mi papá y luego desaparecieron. Hasta la fecha, mi padre sigue buscando el tesoro. Se ha hecho tan famoso por encontrar fantasmas en cualquier lugar, que ahora lo buscan y le pagan muy bien por cazar a estos espíritus y hacerlos volver a donde sea que viven los fantasmas, o sea, no sabemos a dónde se van, pero ya no molestan a nadie.
            Cuando llegamos a Celaya, nos recibió un grupo de personas en la Central de Autobuses. Mi papá y mi mamá saludaron a todos y luego de tomarse unas cuantas fotos, nos llevaron a un hotel justo enfrente del Parque Xochipilli. Nos contaron la historia del llanto que todos escuchaban, pero nadie había podido encontrar nada raro, ni habían visto un solo fantasma.
            Esa noche, mi papá me dejó acompañarlo porque le prometí no asustarme. Yo ya he visto fantasmas, así que no me espanto fácilmente. Pero por si las dudas, me llevé mi lámpara anti-fantasmas que mi papá me regaló cuando cumplí siete años. Ahora ya tengo diez y soy toda una experta en cosas raras.
            El parque estaba iluminado, pero muchas zonas quedaban en completa oscuridad. El señor velador, que se llama Herminio, nos guió por todos lados. Había patos y otros animalitos dormidos. ¿Soñarán los patos? De pronto, escuchamos un llanto quedito. El viento traía el sonido y no logramos ubicar de qué parte venía. Pero sí era un llanto. Se escuchaba como de una niña chiquita. Mi papá instaló un aparato que capta imágenes y sonidos muy bajitos y los amplifica en unos audífonos especiales. Se puso a escuchar y puso cara de sorpresa. "¡Es una niña muy chiquita!". Dijo. "Dice algo como -mami, mami. Y luego llora -cuñá, cuñá, bua, bua. Debemos localizarla porque a lo mejor la dejaron abandonada y se puede morir de hambre".
            Inmediatamente llamaron a los policías, que hacen ronda por las noches en esa zona, y todos se pusieron a buscar lugares ocultos. Mi papá les dijo que buscaran incluso dentro de las jaulas y casitas de los animales. Toda la noche trabajaron y no hallaron nada. Mi papá empezó a estar molesto porque no entendía lo que pasaba. "No es un fantasma", dijo. "Pero no sé qué es. Se escucha a veces en un punto y luego en otro, como si caminara".
            Al otro día, temprano, los encargados del Xochipilli pidieron a mi papá un informe y él les dijo que eso no era un fantasma. Mejor que la policía trajera perros y un grupo de rescate porque él creía que era una niñita atrapada en algún lugar muy escondido y a la mejor ya se la estaban comiendo las ratas. Tal vez se la comían de a poquito y por eso todavía estaba viva, pero la arrastraban de un lugar a otro porque sólo así se explicaba el hecho de que sonara su llanto en un lado y de pronto ya estaba en otro sitio.
            Rápidamente llegaron policías, bomberos y ambulancias de la Cruz Roja. Todos se pusieron a buscar a la niñita. Yo también. Le dimos otra vez vuelta a todo el parque. Algunos hombres se metieron al lago. Nada. Ni siquiera se escuchaba el llanto ahora. Pronto comenzó a oscurecer y ahora iba a ser más difícil encontrar algo. Trajeron unas lámparas grandotas y siguieron trabajando. En eso, mi papá dio un grito. Había estado escuchando con sus audífonos especiales y escuchó otra vez el llanto: "Mami, mami, buá, buá, cuñá, cuñá". Todos se pusieron como locos porque no veían nada. Pero ahora mi papi pudo localizar el lugar. Les indicó a todos que iluminaran cerca de la reja de las avestruces y hacia allá fueron las luces. Paso a paso y en una sola línea, todos empezamos a caminar hacia la malla de alambre. Ahora ya escuchábamos el llanto también nosotros. "Mami, mami, buá, buá, cuñá, cuñá". ¡Pobre niña!, estaba sufriendo. En eso, ¡escuché el llanto detrás de mí! Voltee rápido y ¡no había nadie! Pero estaba segura de que el llanto estaba detrás de mí. Un bombero también lo escuchó y con una lámpara muy grande iluminó el sitio. ¡Nada!, pero el llanto seguía ahí: "Mami, mami, buá, buá, cuñá, cuñá". Miré entonces hacia abajo y apenas alcancé a ver un brillito entre el pasto. Me agaché y del ¡brillito salía el sonido! ¡Era una cajita de plástico! Una cajita de esas, que usan pilas que se cargan con la luz del sol, de las que tienen adentro las muñequitas lloronas.



Booggeyman
Estrella Méndez M.

Esa noche no podía dormir. Se daba vueltas y vueltas en la cama intentando encontrar un punto cómodo, pero algo le inquietaba, su mente no dejaba de trabajar e imaginar figuras de manos enormes y tenebrosas en cada sombra. Sabía que no había nada, pero aun así su corazón se aceleraba ante cada sonido que le llegaba, por más mínimo que fuera.
            Debía de ser la combinación de dulces y películas de miedo que sus padres le habían advertido no era bueno mezclar en la noche, pero no podía evitarlo, así pasara más tiempo cubriéndose los ojos y los oídos que realmente viendo la película, le encantaba esa sensación de miedo que le provocaban. A sus 12 años ya se consideraba un amante de películas de terror.
            Todos los años, desde que tenía memoria, en Día de muertos se sentaban en la sala de televisión a ver varias películas, su madre y padre podían intentar convencerlo de ver solo películas bonitas, y de esas de caricatura, pero él siempre se las arreglaba para rentar alguna de miedo, de esas con mucha sangre y tripas volando. Su padre solo reía divertido de cómo su madre se cubría los ojos y se escondía contra él o pegaba gritos cuando las veían. Pero Fernandito no se refugiaba en brazos de nadie, ni de su padre ni su madre, pero sí se cubría los ojos. Aun así le encantaban.
            El problema venia luego de verlas, en las noches, siempre sentía a alguien observándole, sonriendo burlonamente desde las sombras, esperando a que se durmiera para atraparle. Era una tontería y Fer lo sabía, aun así no podía evitar esa sensación y, como de costumbre, esa noche se encontraba con los ojos bien abiertos fijos en la esquina en tinieblas de su habitación. Estaba seguro de que podía distinguir una silueta en esas sombras, alguien apoyado contra la pared sonriendo, mirándole, burlándose de él. Eso le irritaba bastante. Aunque sentía miedo, sentía aun más molestia y tenía ganas de pararse y enfrentarse a aquello.
            Por otro lado, seguía teniendo 12 años y era naturalmente algo cobarde, y prefería quedarse en su cama a salvo, temblando ligeramente de miedo.
            “Vamos, vamos, no es nada, duérmete ya” se ordenó a si mismo esperando a que su cuerpo obedeciera y cerrara los ojos para dormir, pero apenas parpadeó, percibió el sonido de las tablas de su cuarto crujir bajo el peso de alguien y los abrió rápidamente. Miró alrededor, nada, todo en silencio y aun esa oscuridad invadiendo gran parte de su cuarto.
            Fer se lamió los labios nerviosos, y miró de reojo la lámpara de su buró, el interruptor se encontraba cerca, podría prenderla y ver que no había nada ahí, eso le calmaría.
            “Solo es cosa de estirar el brazo” pensó nerviosamente, pero no encontró valor para sacar el brazo oculto debajo de la seguridad de las cobijas. “No seas niña”, se regañó y comenzó a moverse un poco para acercarse al buró, se estremeció cuando creyó ver moverse algo entre las sombras, inmovilizándolo en el acto como a un conejo bajo la luz de los faros de un auto.
            Su respiración se volvió casi inexistente. Intentó escuchar algo más que su corazón latiendo desbocado y el castañeo de sus dientes. Miró rápidamente hacia el interruptor y luego hacia las sombras, con un movimiento rápido se estiró y le dio un golpe al botón de la lámpara prendiéndola, la luz le cegó por un momento haciéndole parpadear rápidamente.
            Finalmente pudo dirigir su mirada hacia la esquina ahora iluminada. No había nada, ni nadie, sintió un alivio inundándolo por completo haciéndole soltar un suspiro; “ya ves, no era nada”, se dijo satisfecho, acostándose de nuevo en la cama y apagó la lámpara.
           
            Sintió un escalofrío recorrer su cuerpo al sentir a alguien justo detrás de él, sobre la cama, y un aliento cálido golpeándole la oreja, se volvió lentamente sintiendo cómo temblaba su cuerpo, topándose con un par de ojos brillantes y una sonrisa grande y macabra en una figura hecha de sombras, dientes afilados y brillantes, que a la luz de la luna comenzó a colarse por la ventana.



*Textos publicados en El Sol del Bajío, Celaya, Gto.


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